viernes, 19 de enero de 2018

Quedarse en el aire: divagar alienta.


“¿Y esa cajita qué es?”, me preguntan.
“Es un aparato para medir la calidad del aire en este lugar y en este momento”, respondo.

La reacción de cada persona es diferente. Quiero decir, tan diferente como propia. Por eso, de cierta manera, en cierta medida, cada persona, ante esta cajita con la que anduve por las reuniones familiares de diciembre, se muestra, se deja ver, se desnuda.

Un primo se maravilló con lo material del artefacto, con su circuito y su funcionamiento. A un tío no lo atrajo lo suficiente. A una tía las luces la hicieron reír. La esposa de un primo lo comparó con otros proyectos. “Eso lo hacen en los colegios de los pueblos. Eso puede servir allá; en Medellín ya no. Porque puede educar y concienciar a los jóvenes, porque a los adultos, no”.
“¿Y por qué no?”, indago.
“Pues porque eso puede generar cosas muy malucas y los adultos no tienen tiempo y están ocupados en otras cosas”.
En su voz, en plena novena de aguinaldos, encontré por primera vez un mensaje que volvería a escuchar luego. Básicamente, esa cajita, esa acompañante, era vista con sospecha. Lo que ocurre es que procurando prudencia se limita el proyecto. Se le ubica en un ámbito que incluye resignación y utopía. “Igual ese aparatico no limpia el aire. Sólo asusta diciéndole a la gente que está sucio y que debe irse de donde está. Y eso hace que se terminen llenando los pueblos y ocupando las reservas y eso sería contraproducente porque…”
Esta conversación termina incluyéndolo todo. La chatarra, la tecnología como industria y negocio, la manera como la Alcaldía de Medellín le ha pedido al SIATA que deje de dar los malos reportes que porque eso estaba afectando al turismo, la tala, el crecimiento descontrolado de las ciudades, el sentido de las ciudades, los carros, el pánico. Así, este aparatico no sólo mide el material particulado presente en el aire, sino que también, con cierto tipo de personas, permite charlar acerca de todos esos asuntos que se quedaron en el aire, irresolutos, disueltos en un fingido olvido. Conversar sobre la crisis ambiental nos lleva a hablar del individualismo, del fanatismo, de lo que nos mueve, de las esperanzas consumistas, de la lujuria.  Es un portal. Una interferencia que trae el silencio y hace que cese el ruido.  

Verde, verde.

“Y bueno, esas lucecitas verdes, ¿qué significan?”
“Que el aire está bien acá”
“Pero eso lleva rato ahí y no cambia de color. ¿Está bueno?”

El escepticismo embiste constantemente y de varias maneras, unas más vulgares que otras.
“¿Eso sí es realista?”
“¿Eso sí se puede vender? ¿A la gente sí le interesará eso?”
 “¿Y uno cómo sabe si se daña?”

No cesan de ver esto como un proyecto, o un artilugio en miras del enriquecimiento, o como una idea para un negocio, o como un resultado académico. Se anula por su actual apariencia rústica, y no le encuentran, o no le quieren encontrar, ni funcionalidad ni utilidad. Omiten que esto les da un poder a las personas que lo usen. Entre tantos ejemplos que podría dar, se me ocurre mencionar el siguiente:
Los papás de Julián, una de las principales mentes de este proyecto, vivían en un segundo piso, encima de donde una señora había montado un negocio de preparación de arepas. Todo ese humo de la cocina contaminaba el interior del piso superior, y sus habitantes se empezaron a enfermar. Gracias a esta cajita, invento de su hijo, pudieron tomar acciones legales e incluso prevenir a la señora dueña de la venta de arepas, quien ignoraba la medida del riesgo al que se estaba sometiendo.
Cuando me contaron esta historia, me acordé de aquella tía que tenía su taller de artesanías en una habitación sin suficiente ventilación. Nadie sabía que el aire que respiraba era una suerte de químico volátil. A los pocos meses, una intoxicación química casi nos deja sin ella. Esta cajita habría servido para advertirle, y esa advertencia no habría sido ni esquizoide ni paranoide ni incómoda. Habría sido un diagnóstico, información valiosa, auto cuidado.
Tal vez llamar pánico a la toma de conciencia sea una de las malas lecturas de occidente. 
Tal vez, por eso, preferimos doparnos con desconocimiento.
Tal vez, sepamos cuál es el camino más indicado pero preferimos no andarlo. 
De hecho, quizá, solamente valoramos la vida por lo que nos han presentado como bienes de lujo, por los placeres y por la toxicidad que podamos encontrar en ella. 
Y esta visión me contradice porque no pretendo ser pesimista ni alimentar temores.
Creo que el objetivo de este aparatico no va en contra de la realización de la persona que lo use; por el contrario, la hace más social. Es una fisura por donde entra la luz, y hace visible lo invisible, le da un color al aire que se respira. Advierte e indica: si brilla rojo, no se trata de salir corriendo, acabar la celebración y aislarse. Quizá esa mala calidad del aire sea equivalente a la calidad de la comida chatarra, de la televisión nacional, del trap. ¿Cuánto porcentaje de eso estamos dispuestos a consumir? 
En diciembre, luego de presentar este medidor a algunos familiares y amigos, descubrí que el miedo y la impotencia se entrecruzan: impotencia ante el miedo y la impotencia es tanta que sentimos miedo. Reconozco que al decir miedo, envaso con afán y algo de torpeza, en una sola palabra, toda una serie de temores y de desconocimiento que nos implican parálisis: no somos capaces de creer en los procederes de esta civilización pero perpetuamos sus métodos, sus sistemas de creencia y de valores: la propiedad privada, la denuncia, la idea de identidad y cómo proyectamos esa idea de “quién soy yo” en una sociedad más capitalista que democrática. 
Ya es enero y recuerdo que antes nada solía intimidarme más que este mes; así fue hasta cuando febrero y marzo, en Medellín, ciudad donde vivo, se convirtieron en meses de crisis medioambiental y durante los cuales no se ven la punta de los edificios altos, y se declaran dos alerta- roja semanales debido a la mala calidad del aire.
Además, a razón de creernos herederos del rigor de los abuelos arrieros, nos interpretamos y terminamos por adaptarnos a este colapso.
Vivir no es soportar y hay condiciones a las que adaptarse, sería criminal.
Cuando la nube de smog vuelva, no sé si aún considerarán que esta cajita debe estar guardada en los colegios; olvidada, tal vez, en una bodega o en una gaveta plástica que alguien marcó escribiéndole encima “Proyectos Feria de la Ciencia”.


domingo, 7 de enero de 2018

Breve idea de octubre leída en enero


Amarte es recaer
Probar de mi debilidad
Y de tu juventud
Volver a salir a guardar silencio
A escucharte temer tranquilamente

lunes, 25 de diciembre de 2017

"Ser grande"


Un primito de 5 años le pregunta a una prima de más de 25: “¿en qué momento creciste?”
Ella evita responder y se ríe.
No sé cómo avanza la conversación pero recuerdo que en un momento él insiste.
“Entonces, ¿ya eres grande?”
Ella le dice que sí.
Mi primito colige y concluye: “Ah, entonces ya haces popó en el baño”.
La risa fue de todos. Nos enternecimos con sorpresa. Casi que brindamos por la inteligencia del niño. Un tío dijo: “¡Qué belleza ese sentido de liberación!”.
Luego vi las botellas. La comida de la fiesta decembrina. La celebración siguió pero no era algo que yo pudiera dejar pasar.
Me concentré en lo que significa ser grande. En lo que para mí significaba ser grande.
Recordé ideas de mi niñez acerca de eso y las comparé con las situaciones del presente:
Los grandes bebían y ahora los grandes son los que no necesitan, no pueden, beber.
Ser grande era fumar. Conducir un vehículo. Viajar solo. Salir sin tomar de la mano a los papás. Trasnochar. Hacer el amor. Tener sexo. Los grandes van donde prostitutas, consumen drogas, trabajan, tienen barba. Los grandes lucen corbata, un pantalón planchado. Los grandes saben de restaurantes, los grandes saben hacer virtuosos solos de guitarra, bailar, cantar afinado, respetar la opinión del otro. Los grandes son más inteligentes. Los grandes son los que votan. Los grandes saben el secreto. Los grandes hacen popó en el baño y no sienten miedo. Los grandes son los que pronto van a morir. Los grandes son los que vivieron tiempos mejores, mejores mujeres, los clásicos radiales. Los grandes pasaron mejor. Los grandes son lo que no pararé de intentar llegar a ser. Los grandes son los que tienen dinero, una casa, los hijos. Los grandes no viven de fantasías, son realistas, rezan sin creer.
Se abrió el grifo y no podía contener los pensamientos. Fue un trance.
¿Cómo de niño definí ser grande?
¿Es el periodismo la única manera de concentrarme y escribir sin sentir que la escritura me hace fantasioso y por ende, menor? ¿Menor e inferior?  ¿Por eso intento callar fantasías y melodías? ¿Por eso siento que ya es momento de irme a vivir solo y disfrazarme de esa idea que tengo de ser grande? ¿Ver películas de carros y bombas; hablar con tristeza y lujuria; tener y poseer?
¿Qué significa ser grande?
¿Ser grande es crecer?
¿Expresarse de manera más precisa? ¿mejor?
El grifo sigue abierto.
El agua corre.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Verde que te quiero verde


En un principio, no sabía cómo usar el dispositivo de medición de calidad del aire que me encomendó Fede López. Sentía que lo podía dañar fácilmente y que debía ser en extremo cuidadoso. Lo tenía ahí, en mis manos, y lo miraba: todo un pequeño cubo frágil que no sabía manejar. Le quité la placa blanca que lo cubría y en esas vísceras de chips y circuitos, vi bien dónde entraría el cable. Lo conecté a mi computador. Luego, dos tranquilas luces verdes. Recordé el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca. "...Verde que te quiero verde...verde viento, verdes ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña". Me encontraba en casa: acá podía respirar.
Lo dejé desnudo unos minutos; luego lo desconecté y después lo vestí.
Recordé que mi mamá tenía unas de esas baterías portables. Se la pedí prestada. 
En la tarde tenía una reunión. Aproveché para llevarlo. 
Iba en el carro junto con mi hermano y las luces verdes persistieron. Supuse que no era tan exacta la medición. Cruzábamos por toda la avenida 30 y el flujo de automóviles, buses y camiones era alto. Ninguna luz de otro color: el querido verde se mantuvo. Estuvimos mi hermano y yo reunidos con un amigo en un café de Laureles. Durante varios momentos, abría el aparato y medía el aire: verde, verde. Nos sentimos afortunados pero nos burlamos un poco de la idea de un aire viciado en aquel lugar. Mi hermano me dio a notar que en la placa blanca que yo le había estado quitando, dos huequitos logrados por el pulso de Fede López me permitían ver las luces sin tener que destaparlo. No guardé una palabra de maravillada sorpresa: ¡Este Fede sí es detallista, hermano!, a lo cual José, el amigo con quien estábamos reunidos, añadió: "Es un espíritu muy bonito". Al rato, mi hermano me sugirió que dejara conectado el cable al medidor y solamente desconectara la batería portable, para que no tuviera que andar desnudando el dispositivo cada vez que lo quisiera usar. Esto fue definitivo: podría usarlo más tranquilamente, sin la ansiedad de tenerlo que manipular a detalle y sin el temor de dañarlo. Gran muestra de lo apreciativo que es mi hermano. 
A eso de las 7 de la noche, volvimos a casa. En el camino debíamos cruzar la Avenida San Juan: ahí estaban. Dos luces naranjadas; luego, dos luces rojas; luego, luces azules. Una ligera paranoia nos hizo grabar. Durante varios kilómetros, esos fueron los colores: naranja, rojo, azul. El naranja y el rojo son colores que por nomenclatura universal o sugestión, claramente indican riesgo, pero, ¿y el azul? ¿Era una ironía? ¿Exceso de viento? ¿Indescifrable? Ese azul lucía tranquilo en el medidor. Era San Juan, veníamos de un constante rojo que creíamos que no íbamos a ver... y luego ese hermoso azul, color del cielo del paraíso, color del manto de la Virgen María, del mar que es sinónimo de pureza, del mediterráneo que es sinónimo de origen. Decidimos guardarlo porque temimos que algún ladrón sintiera que debía robarlo aún sin saber de qué se trataba. Nos visualizamos intentándole explicar al ladrón imaginario qué era ese aparato. En la escena, igual, nos terminaba robando. Reímos.
Cuando llegué le escribí a Fede López.
Al día siguiente me respondió: "Azul es peor que rojo". 

lunes, 23 de octubre de 2017

La suma nos resta


Yo quisiera que nuestro final fuera
Sin forzados argumentos,
Sin ira de orgullo,
Sin malos momentos.

Yo quisiera que nuestro final fuera
Jamás habernos conocido
sin ganas de llorar
Un imposible mediodía gris

Yo quisiera que nuestro final fuera
Desvanecernos en la fiesta
confetti en la bebida
Las buenas noches de los buenos días.

Yo quisiera que nuestro final fuera
Un final que no hiera
Y que fuera hoy. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Causa, medio y encuentro. ¿Vos cómo vas con la idea de respirar?



Una mañana, en un café ubicado en el barrio Carlos E. Restrepo de Medellín, Federico y Julián me hablaron de los medidores móviles para monitorear la calidad del aire.  Me presentaron este proyecto sin alabarse, sin exigir créditos. Me mostraron el prototipo del artefacto. Se expresaron de manera muy abierta, como quien explica una tarea y la ayuda a hacer, en un descanso, en un rato libre. Ocho días después, unidos por la misma casualidad, como un guiño cósmico, volví a encontrarme con ellos. Los saludé preguntándoles “¿Y cómo van con su proyecto?” La respuesta fue un llamado: “¿Cómo vas vos con este proyecto?”. Y sí. Es la mejor respuesta porque mi pregunta es un lapsus que permite entrever una actitud que he tomado, tal vez desde pequeño, ante fenómenos tan trascendentales y cotidianos, tan comunitarios e individuales, como es la realidad de la calidad del aire y de lo que se hace para mantenerlo en las mejores condiciones posibles.
Esta es una tarea que todos debiéramos esforzarnos por hacer.

En términos generales, el medidor móvil es un artefacto cúbico pequeño que informa sobre la calidad del aire, a partir de las condiciones que se registran en el preciso lugar donde se encuentra quien porta el dispositivo. Este aparato está diseñado, inicialmente, para registrar la humedad, la temperatura y el material particulado, propios de un sitio en un momento específico.

En la actualidad, Medellín confía esta lectura de su aire a unas cuantas estaciones de monitoreo general, ubicadas en puntos muy distantes entre sí y con las cuales se pretende informar a los habitantes. Lo más personalizado que hay, son unos dispositivos base que se pueden instalar en las casas y con los que se puede obtener toda la información pero de una manera hermética, sin que se pueda acceder a la misma, es decir, no revelan los datos que indican la calidad del aire a quienes lo han adquirido sino que los remiten a esos mismos centros de monitoreo general. Esto es estar a la deriva. Respirar sin saber cómo está el aire de mi barrio. Si sigue igual con este edificio que están haciendo aquí al lado. Si no ha variado desde que montaron aquella fábrica en la esquina. Si con el puente que construyeron acá al frente, ha empeorado. Y lo agudo es que la acción gubernamental, para lograr que las condiciones del aire sean al menos decentes, comprenden un mínimo de 30 años. Un plazo normal tratándose de una ciudad. Esto es determinante para explicar por qué se deben tomar medidas desde diferentes ángulos y por parte de distintos actores sociales.

Depende de la ciudadanía empoderarse. Decidir. Presionar. Lo civil es la única manera como la humanidad, a lo largo de su vértigo, ha evolucionado y salido de oscurantismos. Está claro que cada año, especialmente cada febrero y cada marzo, las chimeneas se prenden, la chatarra se quema, los vientos disminuyen y el Valle de Aburrá se llena de smog. El sol sale y se oculta obnubilado, desde los cerros no se ve la ciudad y estando en el centro, entre el agite y la furia, a los últimos pisos de los edificios los vela una pesada y densa nube tóxica. Saber cómo está el aire en el momento y el punto exacto en el que estoy ubicado, es un derecho y un deber. Alarmarse es lo entendible; el pánico, una probable consecuencia. Pero tal vez sea de eso de lo cual necesitemos para despabilar y decidir. ¿Decidir qué? Por ejemplo, algo tan sencillo como si me quedo o si me voy de un sitio.

Y bueno, todo este proyecto, toda esta iniciativa, ¿cuánto vale? ¿Cuál es el precio? ¿Cuál es el modelo de negocio?... abajo los muros y los alambres de púas. Que se caiga el telón: no hay factor dinero de por medio. El proyecto no está esperando a que sea negocio para poder ser. El emprendimiento debe ser una herramienta de enriquecimiento cultural y no sólo económico. Ya hay un sitio web en donde pueden conocerse los planos de construcción de cada dispositivo móvil. De hecho, está toda la información ahí. Por eso, si algún ingeniero industrial quiere acercarse y hacer lo suyo, será bienvenido. Si otra persona es capaz de cumplir con la genesíaca tarea de nombrar lo que es, representa y hace este artefacto, también será bienvenida. Este proyecto depende de quienes lo alimenten y crecerá libremente desde su ejecución. “¿Vos cómo vas con este proyecto?” Es la forma como hay que hacerlo avanzar. ¿Cómo vas con la idea de respirar? Hay que ser conscientes de lo que se trata. De lo que respiramos. De esos elementos con los que de cierta manera alimentamos nuestro organismo. Eso sobre lo cual flotan nuestras ideas. Si alguien llegase a necesitar que Federico y Julián les elaboraran un artefacto, de lo único que tendría que encargarse sería de la compra de los materiales necesarios para su fabricación, los cuales son fáciles de conseguir.

Queda mucho más por decir, pero es más lo que queda por hacer. Y cada uno puede definir su compromiso según su preferencia. Esta es una tarea que todos debiéramos esforzarnos por cumplir. Esa mañana, cuando me despedí, les pregunté: “Bueno, y si alguien quiere conocer más del proyecto, ¿qué les digo? ¿Qué se contacten con quién?”. Otra vez, la respuesta fue un llamado: “con vos”.



lunes, 25 de septiembre de 2017

El arte de saber estar en la vida del otro


Las opiniones frente a cierto tema nos han situado en orillas opuestas. ¿Qué tal si, enfrentando la corriente, avanzamos hasta la mitad profunda, uniendo nuestros pasos y nuestros caminos, y allí nos encontramos tal vez para llegar a un nuevo punto de vista más esforzado? …  para mí, el diálogo tal vez sea la mejor manera de conocer al otro y esto es muy importante porque hay que saber el modo más indicado de estar en su vida, y si uno no sabe cómo beneficiarlo estando uno presente, sin interrumpirlo en su realización, sin maltratar su psiquis, lo mejor es retirarse, no meterse. Leer al otro: el amor es un lenguaje complejo.