domingo, 30 de septiembre de 2018

Esa última hora que tanto inspira



Solo podemos ser seres humanos. Quiero decir seres biológicamente humanos. No niego el espíritu ni la fuerza de la razón, pero mucho de nuestra corporalidad se escapa a lo que somos capaces de nombrar. Crecer, en el mejor de los casos, es ir reconociendo y entendiendo esa biología propia. Y el cerebro, como órgano, también es tan particular como desconocido. Es una unidad sellada: ¿quién sabe con seguridad qué zona tiene más activa? En este terreno irrumpe el lenguaje. Todo ese grupo de imaginarios y señalamientos, incluyendo esas ideas de “humanidad”, a veces tan opuestas a la biología más primitiva e innegable del hombre. Hay diferencias entre impulsos y necesidades. Reconocer qué es para cada uno, un impulso y qué una necesidad (las cuales a veces se empiezan a manifestar a punta de impulsos…) es imperativo.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Una necesidad



La historia de la civilización lo confirma: no importa qué se descubra; importa quién lo descubra.
No importa el mensaje; importa quién lo dice.
Las revoluciones son reiteraciones. Recaer es la manera de olvidar los propósitos.
Ya se ha avisado más de una vez: ni a punta de golpes aprenderemos. Es necesario empezar a cuestionarnos. Tenemos que hablar de política y religión: es fundamental en este momento. Debatir a cuántos les conviene que la mayoría de la ciudadanía sea carnívora. Entender el fenómeno de la pornografía, de los smartphones, y de los hogares divididos por la interferencia. ¿Por qué está mal que los jóvenes de más de treinta años vivan con sus padres? ¿Por qué cada persona debe ser un habitante que le represente al Estado la obtención de un monto económico mensual correspondiente a los impuestos de un carro, de un apartamento y de un celular? ¿Por qué lo "mío" en vez de lo "nuestro"? ¿De dónde ese fetiche con lo "propio"? 
Es momento de asolear nuestras ideas. De sacudirnos torpemente. En el camino iremos siendo mejores, pero los formalismos anuncian tiranías: el deber ser de los esnobistas es siempre el más violento. 
Hablemos de todo y desde ya.



sábado, 28 de julio de 2018

Una reflexión adolescente

Foto por June Juno
Puede ser adolescente por muchos motivos, pero yo la califico así porque responde a una provocación que viene desde mis años adolescentes: los medios dicen que el Rock n’ Roll está muerto. Sus argumentos siempre han sido comparaciones basadas en likes de YouTube, followers de Instagram, presencia en la Billboard, en magazines matutinos de difusión nacional y en emisoras radiales. Según esta interpretación, el reggaetón y la EDM son la música viva de estos días de calentamiento global y smartphones. A mi modo de ver, según este tipo de cifras y de "pruebas", el Rock n’ Roll no es que esté muerto: simplemente dejó de ser “popular”. Pero todavía e incluso así, sumido en esa "impopularidad", lo siguen haciendo y escuchando: diariamente, adolescentes de toda parte del mundo, estudian tal riff de guitarra, o dedican aquella canción de The Cure a ese romance tóxico. Sí: el Rock n’ Roll tiene audiencia a pesar de todo. Y ahora bien: falta ver si los géneros populares de hoy sobrevivirán a la inevitable impopularidad que se les vendrá en unas cuantas décadas. ¿Quién recuerda los discos de oro de “Café Moreno” o la Gaviota de Plata que Carolina Sabino se ganó en Viña del Mar? Los medios son trabajadores mediocres. Empleados deprimidos y deprimentes.   

lunes, 25 de junio de 2018

Alas Abiertas



Antes de la fiesta, no tenía vida. Empecé a tomar porque estaba seguro de que así conseguiría una. El peso de la costumbre perpetuó el hábito durante diez u once años. Romances, carencias, desordenes, aciertos, malas decisiones, imágenes, amigos, presencias, canciones, ideas, esquizofrenias, conocimiento, historias, risas, un cuerpo débil: esta es la coyuntura. Ahora necesito fortalecer mi cuerpo, hacerlo balsa para los océanos de todo el mundo, teleférico de todos los montes. Necesito corporeidad, dejar de ser para ser alguien más. Ver con nuevos ojos, buscar nuevas continuidades sin devolverme en el camino. Sé que deberé aprender a disfrutar de nuevas actividades en un comienzo tediosas o simplonas si las comparo (injustamente) con lo que siento mediante la bebida, la fiesta, el trasnocho, la disolución. Disolverme en la parranda me produce una satisfacción automática que a este punto ya me ha deprimido más de lo que me ha alegrado, activado o entusiasmado. Las mejores ideas han surgido en sobriedad, las líneas potentes las he alcanzado en rigores solitarios y creativos. Debo ahora (porque el deber es sinónimo de libertad) saber qué decir y ser capaz de decirlo; saber ser y atreverme a serlo. Necesito que los demás no me inviten a un trago, ni a una fiesta, ni a un plan: si a algo me van a invitar, exigir que sea a la vida: a un concierto, a una obra de teatro, a una biblioteca, a cocinar, a una caminata, a nadar en un lago, a hacer el amor, a tendernos en una manga para mirar el cielo. Será un modo de existir abrumadoramente diferente al actual y pasado; pero también será de sensaciones. Así, dejaré de fantasear con la sombría ruta de algunos ídolos, y viviré la mía. Soy una voz que contiene voces. 

viernes, 15 de junio de 2018

Ejercicio: carta junio 14




... querida:
Hoy en clase hablamos de las cartas. Nos lamentamos de que ya nadie las escriba. Pensé en ti. Antes de irte a Malta, la noche de la muerte de Scott Weiland, me dijiste que me ibas a escribir muchas cartas. Cartas físicas. El papel que usarías lo ibas a secar poniéndolo al sol luego de haberlo remojado en las aguas del Mediterráneo. Esto para mantener vivo algo entre nosotros. Algo que no sentimos sino cuando vienes. Yo nunca he podido ir. Aún recuerdo ese porrito que nos fumamos en enero. Escribí un cuento con esa imagen. El protagonista se arma los varetos con pétalos de rosas. Desde entonces no he vuelto ni a fumar, ni al Parque. Los chinos, o los japoneses, no sé, recomiendan no volver al lugar donde uno fue feliz. Y desde el balcón de estos días, sé que lo fuimos. Solíamos decirnos: “venimos acá para disimular que estamos tristes”. Y el disfraz se hizo atuendo, y el atuendo, ropa de diario. Pero he leído tus más recientes tweets y quedé preocupado. ¿No hay en Berlín algún lugar donde puedas disimular que sigues estando triste? No hago sino pensarte. ¿Aún sueñas con ser actriz? ¿La talentosa diva mayor de un circo pobre? ¿El último sabor de mi boca? Sabes que siempre voy a querer leerte y escucharte. Escribir y cantar son ahora los espacios donde se contonea felizmente mi alma. Allí no tengo que disimular nada… ni siquiera… que estoy bien.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi viaje al centro de un libro


Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, trata más que de una expedición. Para mí, en este momento de mi vida, esta novela fantástica es acerca de la voluntad y la esperanza; de asumir con energía propósitos nobles, expediciones imposibles. Lo relaciono con mi búsqueda actual por medio de la literatura y de la música, con los sacrificios que debo hacer para poder crear, para forjarme. Hay verdaderas joyas puestas de manera sutil y brillante dentro de la trama, como cuarzos incrustados en una roca cualquiera. Ejemplos:
  1. El tío no se desgasta en discusiones: su propósito es claro y gigante: viajar al centro de la tierra. ¿Cómo iba a distraerse en nimiedades y orgullos?
  2. Axel se enfrenta a sus miedos, a su pesimismo y a su incredulidad: el tío, atento e impasible, lo enfrenta constantemente: ¡Hablas como un hombre sin voluntad!
  3. El granito, dura roca que los separa de la superficie terrestre, los hace sentir aprisionados. Pero en algún momento el tío propone lo siguiente: ¡Nuestra voluntad debe ser más dura que el granito! Y sí: nuestra voluntad, la voluntad personal, debe ser más dura que los obstáculos. Haceos duros, gritaba Zaratustra, más o menos por los mismos años en que Julio Verne publicó esta novela.
  4. Axel lo dice: todos los inconvenientes, todos los obstáculos, todos los problemas, fueron lo que les permitió llegar a la playa correcta, a la gruta indicada, al resguardo del destino. Your destiny may keep you warm, cantaban los de Oasis.
  5.  La confianza de Hans educa en silencio.
Estuve aplazando la lectura de este libro desde el año 2004. Es una reliquia familiar que ha pasado por varias manos y cuyo año de edición no es específico. En sus solapas hay firmas, la más remota data de 1955. Es la de mi abuelito, Jorge Fernández, quien, como mi otro abuelito, murió en 1984, cuatro años antes de que yo naciera. Cuando abrí este libro, con respecto avanzaba, empecé a sentir que nadie había llegado hasta estas páginas desde hacía mucho, de la misma forma como los protagonistas avanzan por senderos que hacía cientos de años no eran transitados. En un momento, me dio por olerlo. Su aroma dulce me hizo imaginar qué loción se aplicaría mi abuelito y pensé que tal vez este libro podría contener mensajes que él quisiera darme hoy. Leyéndolo, los escuché. 


miércoles, 18 de abril de 2018

Un bostezo de Dios



Eran las nueve y cinco de la noche.
Martín iba de la universidad a su casa. Era el único pasajero y un gran tedio parecía ser lo que movía al bus. Se fijó en el aviso pegado justo detrás del conductor:

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Estaba enmarcado con lucecitas temblorosas. Era, realmente, un aviso. Casi un anuncio.

Aunque las calles estuvieran vacías, el trayecto sería largo. Revisó su celular seguro de que el tiempo que se pierde avanza mucho más rápido. Su manera más cotidiana de no hacer nada era sumirse en lo que los demás mostraban de sí mismos. No se atrevía a decir que estuvieran mostrando sus vidas porque para él la vida era mucho más que eso.
Vio entonces la historia que había publicado Mafe en su cuenta de Instagram.

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Era el mismo aviso, el mismo bus, pero a una hora distinta.
Por la mañana no se notaba que estuviera enmarcado con lucecitas temblorosas, pero aún así emitía con fuerza el mensaje.
Martín le escribió.

- "Mafe! no puedo creerlo. Estoy en el mismo bus de tu historia de Instagram"

La coincidencia en ese momento solo lo hizo enternecer y sonreír. Entonces, se quedó mirando la ventana, recordando los momentos vividos con Mafe hasta cuando un mensaje vibró en sus manos.

- "Martín. Que cosa más linda. Justo en ese momento iba hablando de ti".

Así, la coincidencia adquirió otro tono.

- "Esto es un llamado" - pensó.

Buscó algo a su alrededor; un algo impreciso, lo que fuera, una persona con un mensaje, un objeto de valor debajo de tal silla, una palabra sanadora.
Pero nada.
Por donde iban, no habían carros ni motos. La radio sonaba solo para el conductor. Los cambios de color de los semáforos eran lentos pestañeos. Nadie más se subió al bus.
Martín, ya de pie frente a su hogar, vio cómo el vehículo se hacía más pequeño conforme se alejaba.

- "¿Qué habrá sido?" - se dijo mientras abría la puerta del edificio.

Eran las ocho y cinco de la noche, y todo parecía seguir igual.