miércoles, 20 de marzo de 2019

Al Maestro



Tal vez la felicidad, más que un episodio, sea una cotidianidad o un modo de vida. Hoy lo pienso porque sé que fui un afortunado al haber compartido cotidianidades con el maestro Gildardo Lotero. Las voces siguen siendo a pesar de quedarse sin cuerpo: la memoria se vale de una misteriosa acústica, de una física que nos resulta oscura, no porque sea malvada sino porque es indómita, aterradora y atractiva. La memoria, como una cotidianidad, será ahora la encargada de unirnos. Me hará falta: diré que recuerdo como diálogos de un sueño cada uno de nuestros encuentros, que lo veo mirarme, corregirme, recomendarme a Paul Auster, compadecerse de mí, reír conmigo… y de mí. Hoy vuelvo a este documento, Discurso sobre el Estilo, de Georges- Louis Leclerc conde de Buffón, el primero que nos dio a leer, el primero que leí durante la carrera. Recordarlo es recordar amistades; avivar el fuego de mis diecisiete años; volver a sentir que falta mucho para cumplir 23 y, no sin ingenuidad, poder entonces decir “crecí”. Él fue una luz temprana para este muchacho miope; él será una estrella que brilla y sin estar ahí.   

miércoles, 6 de febrero de 2019

Lo importante



Son individuos interesados por ciertos fenómenos; no son un colectivo. Tampoco una logia o una pandilla. Repito: son individuos interesados por ciertos fenómenos. Circunscriben su trabajo, sus acciones, dentro del nombre Unloquer, pero eso no es importante; tampoco lo es, definir cuándo surgieron o un interés principal que los hermane. Así, no es necesario – ni tampoco importante - hablar de una fecha de conformación o de un grupo conformado. Sin embargo, se podría hablar de unas ochenta personas implicadas, pero los integrantes no son fijos y enumerarlos o nombrarlos además de errático sería fútil. Es más importante – y enriquecedor - observar cómo se organizan alrededor de un problema y entender que si lo hacen, no es para solucionarlo sino para lograr un mejor entendimiento del mismo a partir de la acción. Surge entonces un intento de sumatoria, un llamado que alguno que otro integrante atiende, cada uno a su momento, y se logra establecer un interés en torno al cual gravitarán aquellas mentes durante quién sabe cuánto tiempo. Hay momentos de trabajo intenso que cada quien asume a su propio ritmo, muy conscientes de que en cada interacción, de que en cada acercamiento activo, hay una enorme posibilidad de aprendizaje. El individuo se da cuenta entonces que no hay intermediarios, que no siempre es fatal avanzar a oscuras, que en medio del desorden se aprende.
En algún momento, uno de ellos me sugirió la noción de bandada de pájaros, o de un enjambre para explicarme no su metodología sino su comportamiento. Esta metáfora me pareció sucinta, tal vez demasiado escueta, pero es, en efecto, bastante precisa: son un ágil grupo mutable cuyos miembros han venido definiendo espacios dónde compartir la curiosidad y divertirse exigiéndole a la propia inteligencia. Estos espacios son conceptos, problemáticas, obsesiones; no un lugar, ni una oficina, ni un taller, ni una casa cultural. Unos se reúnen los martes, otros los miércoles, otros los viernes, y hay quienes nunca lo hacen. Suelen moverse dentro de una democracia, pero esta tampoco es permanente: en algunos momentos es preciso que haya un dictador: el afán y la urgencia traen consigo la dictadura.
Su método general es el interés; el interés contemplativo y a la vez activo: este nace en el individuo y luego, en un foro o vía mail, ese individuo lo comparte al indeterminado resto. En esta manifestación, a veces ocurre la magia del contagio: así se comprueba que era un coágulo, un abismo presente en otros. Aparecen después las categorías del léxico, las palabras, los intentos de clasificación: “esto es una problemática”, “esto, una solución”. Entre ambos términos, el error, eso que tanto necesitan, eso que tanto nos enseña cuando se le aprecia, cuando se le estudia, cuando se vuelve un interés en sí.
La acción directa sobre ese asunto de interés devuelve la libertad a los individuos: o mejor, renueva la libertad de las personas.  Es hacer en vez de comprar; activarse en vez de quejarse. No hay moralejas porque no se auguran buenos resultados – ni siquiera resultados – pero sí un desarrollo de la conducta desde el movimiento y la comprobación directa.

martes, 29 de enero de 2019

Ladrones todos



Mis padres me enseñaron que la ocasión hace al ladrón. Imaginemos un almacén al que le han roto a pedradas el cristal. La gente puede entrar y salir. En un momento, algunos osados entran y sacan objetos de valor. Luego, cientos se suman. Al cabo del rato, son miles. El dueño del almacén intenta poner otra barrera, otro cristal, pero los ladrones empiezan a reclamar y derrumban todo. Incluso llaman “anticuado” al dueño. “Ahora las cosas son así”, le dicen. Tal sucede con la industria de la música. ¿En qué momento empezamos a regalar nuestro trabajo? Sí: soy ferviente seguidor de romanticismos tipo “la música es de todos”, “la música es el pulso del corazón popular”, “la música es un espíritu que llama a sus elegidos”. Creo en eso, pero lamentablemente no somos tratados ni beneficiados como a los sacerdotes, ni como a grandes industriales y ni siquiera como los cafeteros inscritos en gremios. El músico, el creador, está solo. Y el robo se hizo costumbre y se dejó de llamar robo; ahora es “un nuevo modelo”, pero no por generalizado ha dejado de ser usurpación. Comprar discos es de fetichistas: ya está Spotify, YouTube. El facilismo vuelve a ganar otro imposible.
Este escrito me lo inspira la respuesta de una señora. Me dijo que no compraba CD’s ni Discos porque no era consumista y no respaldaba el derroche. Bien… sería válido si no gastara TANTO en bolsos, zapatos, ropa, prendas deportivas, gafas, accesorios, decoración para el hogar, productos para el pelo (no me refiero a una higiene básica), bicicletas… y un etcétera fácilmente evidenciable.
Ahora bien, tampoco soy ciego a los avances. Pero hay que tener presente que la tecnología es una filosofía. Sí: la tecnología es una filosofía. Y bien, su efecto en nosotros debe ser asimilado con cuidado. ¿Qué ventaja hay en tener todo gratis? ¿Qué se fomenta? Pagar por algo no siempre es una imposición o un gesto propio de un mundo en ruinas: en absoluto. Poder pagar, sea como sea, por algo, por un producto, es darle una continuidad a nuestra fuerza de trabajo: con determinado esfuerzo hice tal tarea. Por realizar tal acción me pagaron un valor que la representa. Parte de ese valor me permitirá obtener ciertos productos. Algunos me vendrán gratis, pero otros, dado que corresponden a una acción esforzada de otros, también merecen ser pagos. La justicia es la playa donde golpean las olas de la lógica.


miércoles, 23 de enero de 2019

Una forma de vida


Vuelvo a ciertos episodios de Duke Nukem, Doom y Age of Empires, y me estremezco. Estos, para mí, no fueron meros videojuegos con los que me entretuve y que abandoné una vez superados los obstáculos. No. Fueron mundos por los cuales divagué durante casi una década, y por donde salí a caminar matando monstruos, presencias estridentes que me dejaron de sorprender o asustar. Los jugué en todos los niveles de dificultad; me dejé matar, y pasé mi injustificado tedio cometiendo absurdos dentro de estas plataformas. Me sabía las claves de memoria; en las noches soñaba que jugaba. Hoy, casi trece años después de la última vez que jugué alguno de estos tres, me siento mal y evalúo por qué.
Tal vez sea debido a un ideal: en este punto de mi vida quisiera haber tenido una niñez diferente. Haber actuado de un modo distinto. Pero en los años más recientes mi comportamiento ha sido similar, lineal con respecto aquellos tiempos: Facebook, Twitter, pornografía, Instagram, Musician'sFriend, BBC, ElColombiano, tonterías en YouTube... Por eso, no sería sensato “culparme” por no haber actuado de un modo que aún hoy no soy capaz de adoptar. Sí: ahora me sentiría mejor conmigo mismo si hubiera sido menos sedentario y más de salir a la calle; si en vez de pasarme horas frente a la pantalla, hubiera seguido yendo a la Unidad Deportiva de Belén a jugar basket con extraños y marihuaneros, tal y como lo hice junto con mis primos y mi hermano hasta 1997. Sí: hubo épocas en que fui callejero, inocente e indocumentado, pero son muy inferiores, tristemente inferiores, a la cantidad de períodos en que me la pasé sumido en esa fantasía tenebrosa de disparar a todo lo que se moviera, de caer de pie desde el piso décimo, de tirar  bombas, de reventar grietas de la pared, de matar.
Me paseo ahora por esos mundos y recuerdo que cuando jugaba, meditaba. Algunos pensamientos vuelven: así siento de nuevo la televisión al fondo, el olor a comida, el llamado de mi mamá. Sería injusto decir que pude o que debí haber sido distinto si aún hoy no soy capaz de cambiar.
Pero, ¿para qué cambiar?
Profundizar en ese malestar, más que satisfacción o paz, traerá respuestas: por ejemplo, ¿por qué todos los héroes y personajes con los cuales de niño yo soñaba, eran jóvenes evasivos que vivían en una van, dentro de un espeso bosque, sin televisión, ni teléfono, ni cuentas por pagar; sin hijos, ni biblioteca, ni miedo; creyentes del diálogo que no querían ser héroes?
Sigo rumiando... 


viernes, 28 de diciembre de 2018

¿Compro luego existo?


Una tarde me quedé mirando los peces del edificio de Suramericana. Les estaban cambiando el agua y los tenían reducidos a unos cuantos metros cúbicos. Los vi quedarse quietos, apenas aleteando, ahorrativos. Pensé que cuando me acerco a fin de mes, me comporto de un modo parecido. No me muevo casi. Me guardo. Apenas respiro. Divagué entonces. Mi ambiente vital no es más el natural que el creado: ¿acaso soy lo que pueda salir y gastar, compartir, invertir, invitar? Lo relacioné con la escena final de Gravity. La película. Cuando ella, la astronauta logra aterrizar, luego de haber estado muy cerca de morir por la falta de aire, y nada de espaldas en una laguna llena de insectos, respirando agitada largas bocanadas del ambiente natural, de ese ambiente en el que naturalmente somos, hecho de oxígeno, rayo de sol que no es rayo dañino, agua y éter. Esa es la verdadera textura de la existencia. Basta con estar y ser capaz de percibirlo. 

sábado, 15 de diciembre de 2018

Reflexión = reflejo


Se acostumbra a decir, a manera de supuesta reflexión, que de los fracasos "también" se aprende. En mi caso, lo más arduo es saber que de los triunfos y logros "también" se aprende. Fracaso y triunfo enseñan: eso está claro. La pregunta es dónde ubicar ese "también".

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Padres y amigos



Me gustaría tener hijos por la misma razón que me gusta tener amigos: nunca dejar de aprender. Esto surge de una confianza: sentir que mis padres y también mis amigos han aprendido de mí. Es un intercambio implícito. Es un clima perfecto a pesar de las ocasionales lluvias. En ciertos momentos, la relación con los padres es otra amistad: hay que cultivarla. Saber leer entre líneas.  Anticiparse al dolor. Evitar el daño. Las ocasiones y los eventos son solo eso: ocasiones y eventos. Y muchas veces en esas fiestas anuales, celebraciones programadas, no hay nada de qué hablar; el balón no rebota porque está desinflado. Los temas vuelven a ser los mismos porque no se crearon nuevos. Igual, no a todos les interesa ser amigos de sus padres porque mantener vivo el vínculo pareciera ser más una obligación que una elección (… o incluso, una aventura). Pero es una realidad que a los hijos y a los padres, así como a los amigos, no solo los unen el pasado y los problemas: pueden haber proyectos en común: coleccionar mares o ríos, por ejemplo.