viernes, 15 de junio de 2018

Ejercicio: carta junio 14




... querida:
Hoy en clase hablamos de las cartas. Nos lamentamos de que ya nadie las escriba. Pensé en ti. Antes de irte a Malta, la noche de la muerte de Scott Weiland, me dijiste que me ibas a escribir muchas cartas. Cartas físicas. El papel que usarías lo ibas a secar poniéndolo al sol luego de haberlo remojado en las aguas del Mediterráneo. Esto para mantener vivo algo entre nosotros. Algo que no sentimos sino cuando vienes. Yo nunca he podido ir. Aún recuerdo ese porrito que nos fumamos en enero. Escribí un cuento con esa imagen. El protagonista se arma los varetos con pétalos de rosas. Desde entonces no he vuelto ni a fumar, ni al Parque. Los chinos, o los japoneses, no sé, recomiendan no volver al lugar donde uno fue feliz. Y desde el balcón de estos días, sé que lo fuimos. Solíamos decirnos: “venimos acá para disimular que estamos tristes”. Y el disfraz se hizo atuendo, y el atuendo, ropa de diario. Pero he leído tus más recientes tweets y quedé preocupado. ¿No hay en Berlín algún lugar donde puedas disimular que sigues estando triste? No hago sino pensarte. ¿Aún sueñas con ser actriz? ¿La talentosa diva mayor de un circo pobre? ¿El último sabor de mi boca? Sabes que siempre voy a querer leerte y escucharte. Escribir y cantar son ahora los espacios donde se contonea felizmente mi alma. Allí no tengo que disimular nada… ni siquiera… que estoy bien.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Mi viaje al centro de un libro


Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, trata más que de una expedición. Para mí, en este momento de mi vida, esta novela fantástica es acerca de la voluntad y la esperanza; de asumir con energía propósitos nobles, expediciones imposibles. Lo relaciono con mi búsqueda actual por medio de la literatura y de la música, con los sacrificios que debo hacer para poder crear, para forjarme. Hay verdaderas joyas puestas de manera sutil y brillante dentro de la trama, como cuarzos incrustados en una roca cualquiera. Ejemplos:
  1. El tío no se desgasta en discusiones: su propósito es claro y gigante: viajar al centro de la tierra. ¿Cómo iba a distraerse en nimiedades y orgullos?
  2. Axel se enfrenta a sus miedos, a su pesimismo y a su incredulidad: el tío, atento e impasible, lo enfrenta constantemente: ¡Hablas como un hombre sin voluntad!
  3. El granito, dura roca que los separa de la superficie terrestre, los hace sentir aprisionados. Pero en algún momento el tío propone lo siguiente: ¡Nuestra voluntad debe ser más dura que el granito! Y sí: nuestra voluntad, la voluntad personal, debe ser más dura que los obstáculos. Haceos duros, gritaba Zaratustra, más o menos por los mismos años en que Julio Verne publicó esta novela.
  4. Axel lo dice: todos los inconvenientes, todos los obstáculos, todos los problemas, fueron lo que les permitió llegar a la playa correcta, a la gruta indicada, al resguardo del destino. Your destiny may keep you warm, cantaban los de Oasis.
  5.  La confianza de Hans educa en silencio.
Estuve aplazando la lectura de este libro desde el año 2004. Es una reliquia familiar que ha pasado por varias manos y cuyo año de edición no es específico. En sus solapas hay firmas, la más remota data de 1955. Es la de mi abuelito, Jorge Fernández, quien, como mi otro abuelito, murió en 1984, cuatro años antes de que yo naciera. Cuando abrí este libro, con respecto avanzaba, empecé a sentir que nadie había llegado hasta estas páginas desde hacía mucho, de la misma forma como los protagonistas avanzan por senderos que hacía cientos de años no eran transitados. En un momento, me dio por olerlo. Su aroma dulce me hizo imaginar qué loción se aplicaría mi abuelito y pensé que tal vez este libro podría contener mensajes que él quisiera darme hoy. Leyéndolo, los escuché. 


miércoles, 18 de abril de 2018

Un bostezo de Dios



Eran las nueve y cinco de la noche.
Martín iba de la universidad a su casa. Era el único pasajero y un gran tedio parecía ser lo que movía al bus. Se fijó en el aviso pegado justo detrás del conductor:

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Estaba enmarcado con lucecitas temblorosas. Era, realmente, un aviso. Casi un anuncio.

Aunque las calles estuvieran vacías, el trayecto sería largo. Revisó su celular seguro de que el tiempo que se pierde avanza mucho más rápido. Su manera más cotidiana de no hacer nada era sumirse en lo que los demás mostraban de sí mismos. No se atrevía a decir que estuvieran mostrando sus vidas porque para él la vida era mucho más que eso.
Vio entonces la historia que había publicado Mafe en su cuenta de Instagram.

"No me grite. Si va de afán, levántese más temprano".

Era el mismo aviso, el mismo bus, pero a una hora distinta.
Por la mañana no se notaba que estuviera enmarcado con lucecitas temblorosas, pero aún así emitía con fuerza el mensaje.
Martín le escribió.

- "Mafe! no puedo creerlo. Estoy en el mismo bus de tu historia de Instagram"

La coincidencia en ese momento solo lo hizo enternecer y sonreír. Entonces, se quedó mirando la ventana, recordando los momentos vividos con Mafe hasta cuando un mensaje vibró en sus manos.

- "Martín. Que cosa más linda. Justo en ese momento iba hablando de ti".

Así, la coincidencia adquirió otro tono.

- "Esto es un llamado" - pensó.

Buscó algo a su alrededor; un algo impreciso, lo que fuera, una persona con un mensaje, un objeto de valor debajo de tal silla, una palabra sanadora.
Pero nada.
Por donde iban, no habían carros ni motos. La radio sonaba solo para el conductor. Los cambios de color de los semáforos eran lentos pestañeos. Nadie más se subió al bus.
Martín, ya de pie frente a su hogar, vio cómo el vehículo se hacía más pequeño conforme se alejaba.

- "¿Qué habrá sido?" - se dijo mientras abría la puerta del edificio.

Eran las ocho y cinco de la noche, y todo parecía seguir igual.


jueves, 29 de marzo de 2018

Conserva tu oído: Sobre la publicación de ayer

(Foto por June Juno)

“En la soledad he visto muchas cosas claras que no son verdad” Machado.

Terminé la anterior publicación refiriéndome a la prevención que lidio picándola menudita con el filo de mi naturaleza.  Lo escribí al mediodía, antes de almorzar y salir. En esa salida pasaron cosas. Sucedieron. Me encontré con dos mujeres; fueron dos encuentros diferentes. Uno a las 3 y otro a las 8. Llegué conmovido e inspirado. Fue reconocer el significado de una premisa consabida: las experiencias nos van formando; no sólo nos forman: nos van formando.

Por hábitos o círculos sociales, me allané en un mismo entorno. Un único grupo social. Una predecible serie de comportamientos. Las relaciones que viví confinado en esos muros que yo mismo hice altos, me hicieron creer algo que escribí y publiqué. Recuerdo sentirlo profundamente. Meditarlo. Entenderlo. Lamentarlo. Pero ayer en la tarde, descubrí que lo que yo juzgaba de filo no era otra cosa que conciencia, entendimiento. Y para mi tranquilidad, así contradijera mi opinión, evidencié que estaba generalizando pobremente las relaciones amorosas. 
Es imposible transferir lo que uno sabe, pero más posible es hacerlo ver.

No sé qué se siente actuar por instinto de supervivencia. Y estas mujeres sí. Por sus relatos fui comprendiendo el origen de sus decisiones. El miedo, la incertidumbre y los sobre esfuerzos no hicieron que dejaran de ser jóvenes, hermosas, idealistas, y esperanzadas. Vi en ellas el rostro de las almas "esforzadas" (valiéndome del concepto de Aristóteles). En algún momento tuvieron que trabajar sin pleno convencimiento, no resignadas sino comprometidas con vivir. 

- Mi filo…. – pensaba ante semejantes destellos de sables ágiles.
- Están en su planeta – reflexionaba.

Su sabiduría, su conciencia, su entendimiento, su filo, han sido forjados con rigor a fuerza de experiencias, de riesgos, de errores y aciertos. No se expresan citando a nadie. Sus ideas son conclusiones a las que llegaron mirándose la cicatriz que una vivencia les dejó. Hablan de perdón sin moralizar. Aman el mundo porque son parte de él.
Yo me concentré en escucharlas. Presentía que no tenía absolutamente nada más para darles.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Conserva tu filo.

(Foto ↑ por June Juno)

Desde niño he experimentado lo afilado que puedo ser. He procurado no cortar a nadie ni cortarme. He trabajado en mí para hacer que ese filo sea filo de cuchillo con el que se taja un pan, filo de espada que suena rompiendo el aire en una exhibición. Ser afilado ha sido sinónimo de vivir de manera decidida, un permanente funambulista, con vacío y abismo a lado y lado.  Vivir de manera decidida es lo mismo que vivir de manera intensa, y esa intensidad personal la defino por una necesidad de crear, de inventar, de ser brillo y reflejo de brillo. Sé a lo que me atengo y cada día compruebo la dimensión de esa decisión, pero la inseguridad más cotidiana, la duda, el sinsabor más propio de todos los días, tiene que ver con las relaciones amorosas. ¿Noviazgo, romance o affair? ¿Construcción o solamente desfogue? ¿Oficio o hobby? No hay mucho que pueda decir… hay un punto en el que cuesta compartir  tiempo. Es así de básico: una relación me exige ese tiempo que uso para sacarme filo, crear, inventar, e intentar ser brillo y reflejo de brillo. Las relaciones que he vivido se han fundado no más en emociones que en hábitos de consumo: no es una construcción y ya. Es una construcción que depende tanto de escuchar al otro como de gastar; de ser caricia y a la vez dedos que, haciendo pinza, deslizan la tarjeta por el datafono.

- “Ya quiero ver el día que puedas pagar en un restaurante con tiempo” –me dijeron alguna vez.

Yo no fui capaz de responderle a esa persona, porque no encontré las palabras inofensivas con las cuales hacerle ver que todo lo que consumimos de una u otra manera lo pagamos con tiempo. Entonces, como tantas otras veces volvería a pasar, me quedé callado. No iluminé su cara con el resplandor de mi filo. Me confié: pensé que se conservaría… pero no. El filo se fue perdiendo y vine a descubrirlo mucho tiempo después. Lo encontré enmohecido, opaco, sin capacidad de brillar o ser reflejo de brillo. Ese noviazgo melló el filo que había en mí, y esa es una prevención actual con la que lidio… picándola menudita.

lunes, 26 de febrero de 2018

Retrato de un tiempo.


28 de diciembre de 2015. 3:30 de la tarde. Sol, viento, Medellín de panorama y varias rondas de cerveza. Fede, Juliana y yo nos reunimos para despedir el año tomando al aire libre. A ella la habíamos conocido hacía unos meses y nos hermanó la intención de crear algo en conjunto; nos interesaba su trabajo fotográfico y nosotros dos, como músicos, empezábamos a sentir la necesidad de aliarnos con artistas de otras áreas que, a nuestro parecer, fueran tan experimentales y auténticos como también nos exigíamos ser. Mezclamos diferentes licores y decidimos caminar hasta el Parque del Poblado. Allí, nos encontramos con otras amistades y nos pintamos los dientes bogando vino de caja. Brindamos con vasitos de plástico dentro de los cuales se mezclaban residuos de aguardiente, ron y un tequila no tan malo.

-          No nos vayamos a gastar lo del trago en comida – acordamos.

La noche naranja, los billetes arrugados y húmedos, las botellas que pagamos completando con monedas de doscientos pesos, todo, lo vivimos con alegre somnolencia, gastando horas que no habríamos sido capaces de soportar en casa y estimulados por las celebraciones y las luces navideñas de un diciembre en que nos atrevimos a no sentirnos viejos.

-          Bueno, Juan. ¿Vamos yendo o qué? – me sugirió Fede en algún momento.

Ni Juli ni yo entendíamos por qué. Él continuó:

-          Es que ya llevamos doce horas tomando.

Ya iban a ser las 4 de la mañana.

*

Desde la sala, al escucharme salir del cuarto, Fede me dio la triste noticia:

-          ¿Supiste que se murió Lemmy?

-          ¿Sí?... ah, ¡qué pesar! – me limité a decir porque el malestar, en ese instante, era más intenso que la lástima, y eso que me enfrentaba a la pérdida del legendario líder de Mötörhead, persona muy valiosa y determinante para mí y para tantos otros.

Su muerte, sumada a la de Scott Weiland, sucedida quince días antes, hicieron que este fuera un diciembre triste para el rock n’ roll. Toda la tarde posterior la consagré a leer noticias y a ver conciertos, y, como si no fuera suficiente hastío el que se experimenta luego de una noche derrochada en licor y blablablá, sin prestarle atención a la sed, a la taquicardia y al dolor de cabeza, me dispuse a revisar convocatorias y becas en Twitter. Así fue como me enteré. Quise avisarle de inmediato:

-          Fede. Te envié al Facebook una convocatoria que vi en Twitter – le dije interrumpiendo su necesitada siesta.
-          ¿Sí?
-          Es de una galería extranjera. Es para pintores y retratistas.
-          Ahora la veo – me respondió adormilado.

*

-          Federiquito desde niño tenía esa destreza. ¿Vos te acordás de esa vez que dibujó la secuencia completa de cuando Anthanas Mockus se bajó los pantalones y mostró la nalga allá en la Nacional? – le pregunta mi mamá a mi papá.

-          Sí. Es que… tendría tres añitos cuando dibujó en la columna de una pared, a una India Catalina que su abuelita tenía expuesta en la sala -  recuerda mi papá.

Según mi mamá, Fede siempre ha tenido una fascinación por la figura humana. En las hojas de la parte de atrás de los cuadernos y libros escolares, dibujaba senos, espaldas, manos, pies y detalles de rostros.

-          Además, pinta emociones, expresiones, sensaciones; él es capaz de captar esa impronta… esa parte que hace única a una persona. Y eso que nunca estuvo en clases - concluye mi mamá.

Fede, hoy de 33 años, cuatro más que yo, siempre intentó transmitirme su talento y su capacidad de reproducir en una hoja de papel bond, en el borde de un directorio o en la piel misma a punta de marcador, formas y volúmenes de una manera realista. Su espacio para pintar jamás fue el escritorio de nuestro cuarto: optaba por el comedor, por hacerlo delante de todos sin dejar de pedirnos que por favor no nos paráramos atrás, a respirarle en la nuca o a preguntarle:

-          ¿Y eso qué es?

Rocío, una empleada que nos ha servido toda la vida, confiesa haberse quedado maravillada, más de una vez, con los dibujos que se encuentra en las hojas de un desorden que prefiere arrumar para no ir a botar nada.

-          ¡Deja tantos lapicitos, tantas hojas, sacapuntas, borradores y pinceles… que uno no sabe dónde ponérselos! -  

Con Franco y Pipe, nuestros primos mayores más cercanos, hijos de mi tía Judy y mi tío Fercho, solíamos sentarnos a dibujar y a calcar imágenes de héroes y villanos. Al frente nuestro, ubicábamos pósters, revistas, historietas y álbumes de Disney, y luego, cada uno iba escogiendo qué hacer. El ánimo competitivo de la niñez era aplacado por el talento evidente y abrumador de Fede, pero siempre pudimos lograr que nuestras ilustraciones quedaran mejor gracias a las tranquilas sugerencias que él nos hacía. Quizá así comprendí, desde esa edad, que el talento y el genio son más valiosos si, en vez de intimidar, unen.

*

La National Portrait Gallery, con sede en Londres, convocaba a pintores de todo el mundo a enviar sus mejores pinturas. La condición es que debían ser retratos. La fecha de cierre era el 31 de enero. A mi hermano le sonó. Consideró que tenía buen tiempo.
Su método  de creación es similar al de artistas como Norman Rockwell y consiste en tomar una foto que servirá de modelo para la posterior realización de la pintura. Así, en este orden de ideas, luego de inscribirse, lo siguiente era definir qué retratar.
Los primeros diez días del año los pasamos yendo y viniendo, de carretera en carretera. Durante cada periplo, todos le dábamos ideas a Fede:

-          ¡Mirá que morenita tan bonita! Esta te sirve, ¿no? – recuerdo haberle dicho en un bus que de Cali nos condujo a Popayán.

A nuestro regreso, nos encontramos con otra triste noticia:

“Muere David Bowie a los 69 años”.

Ese domingo gris y tedioso, un cliché propio de inicios de enero, Fede se sentó en la mesa del comedor y empezó a revisar las fotos, solamente para pronto comprobar que habíamos llenado la cámara con rostros de desconocidos lugareños sin captar en alguno de ellos suficiente emoción o drama como para que fuera retratado; ninguna  contenía una mirada hipnótica o un paisaje visual. Eran caras y nada más.
Haciéndole frente a la frustración y a la urgencia, se planteó unos límites dentro de los cuales decidir y crear. Según me explicó, resolvió que iba a pintar sobre madera en vez de lienzo porque las características de aquella le gustaban más que las de este otro. Sí: la textura del lienzo se entromete y termina narrando; la de la madera, si bien condiciona, permite más detalles y la conservación de los mismos.

Las opciones y el tiempo se empezaban a agotar: las mujeres a las que Fede les solicitó dejarse pintar, se mostraban ceremoniosas y desconfiadas. Le dejaron de contestar y fueron problemáticas.

-          Todas son unas bobas picadas, ahí – nos quejábamos.

Nuestros amigos quedaban tiernamente feos y despreciables; la nonagenaria Enna Gärtner, al contrario, se veía demasiado apacible, doméstica y elegante, y las salidas en busca de un emocionante rostro desconocido y un escenario, terminaban en cansadas borracheras que me dejaron con un solo desteñido y aterciopelado billete de mil dentro de la billetera. Por tanto, faltando menos de una semana para que se cumpliera el plazo, y abriéndonos apenas a un duro fenómeno del Niño que durante los próximos meses secaría fuentes, ríos y prados, no había ni siquiera algo esbozado.
El último recurso fue Miguelito.

*

13 de junio de 2003. Miguel Ángel, un bebé de cuatro meses de edad, segundo hijo del matrimonio conformado por Camilo y mi prima Lida, tenía cáncer de riñón. Una hebrita de sangre en el pañal fue lo que los alarmó y en un par de horas este era el resultado:

-          Que lo que el bebé tiene es un tumor de “uail”- les oía decir a unos.
-          ¿Y qué es “uail”? – les preguntábamos otros.
-          Que una bola de agua en el riñón o algo así – intentaban responder.

Yo tenía quince años y hasta ese momento, para mí, el cáncer era solo una posibilidad, casi un sinónimo, de la vejez. Que un recién nacido tuviera un tumor enorme dentro de ese pálido cuerpecito de venas azules y dentro del cual se podía adivinar el paso de la sangre, fue algo que me estremeció de tristeza.
De todo lo que vino después, me atrevo a hablar muy poco porque para corresponder a los múltiples esfuerzos realizados por los padres del niño, habría que dedicar páginas y crónicas enteras. Fueron, en total, trece quimioterapias, cincuenta y pico sesiones de radioterapia, cinco años yendo cada tres meses a controles al hospital, demasiadas cuarentenas porque al niño no le podía dar ni una gripa. Yo lo vi crecer desde cierta distancia. En las conversaciones que hemos tenido, se muestra orgulloso de ser hincha del Deportivo Independiente Medellín y he notado que su carácter silencioso corresponde más a un ánimo sosegado, casi contemplativo, que a un carácter tímido o retraído. El mediodía en que Fede le preguntó si se iba a dejar pintar, sin emoción particular, muy tranquilo, él aceptó.

-          Hagale, baje – le dijo.

Su familia vive también en la Loma del Indio, y en su Unidad, como en la nuestra, hay una piscina en permanente mantenimiento y muchos jardines. Fue allí donde, con un sol picante y pesado encima, Miguelito, sin poses ni extravagancias, fue retratado. Lucía una camiseta roja, no llevaba ningún collar y tanta luz le hizo fruncir el ceño. Fede quiso que se apoyara sobre un muro especialmente agrietado y roído, pero este, de lo caliente, quemaba.
Fueron seis fotos y escoger una no fue difícil.

Mi tía Ruth solía decir que Migue se parecía mucho a la abuelita Filomena.
Nicolás Alexiades, un sofisticado amigo nuestro amante del arte, luego diría que el halo de tristeza y la angustia presentes en la mirada inocente del niño, era lo que más le conmovía de esta pintura.
Y por ese gesto fue que Fede la escogió.

*

No había tiempo. Debía ser esa misma tarde. Estábamos a una semana de que se acabara el plazo junto con el mes de enero.
Sobre una madera, trazó un boceto con lápiz e incluyó además de la figura humana de Migue, las grietas y los fallos del muro caliente de atrás.

-          Lo que más me gustó fue que la camiseta que tenía era roja, muy roja, y también que los ojos no se le veían, o sea, la sombra no dejaba que se le definieran – dice.

El proceso duró cuatro días. Desde por la mañana, lo veía enroscado en la mesa del comedor; llenando el ambiente de olor a trementina; uniendo mañana, tarde y noche, en esta actividad; apenas levantándose para bañarse y llamar a su novia, e incluso, recibiendo su desayuno, almuerzo, algo y comida en ese mismo puesto.

-          ¿Cómo me va quedando?- nos preguntaba.

Mis papás y yo, acostumbrados a su nivel, respondíamos:

-          Muy bonito.

Pero Rocío, la empleada de siempre, sonriendo apoyada en el palo del trapero que sostenía erguido, sí era más expresiva y agradecida:

-          ¡Ay Fede, usted es un maestro!

En cuatro días, el retrato quedó listo. Contenía drama, un momento, una historia silente. El muro hacía pensar en los niños muertos de Siria, en la guerra, en todas las generaciones perdidas de infantes. La obra fue titulada “Fenómeno del Niño: Evaporarse”.

-          ¿Y por qué evaporarse? – le pregunté.
-          Por una canción de Rodrigo Amarante que tengo pegada – me respondió.

En efecto, este cuadro, bañado en luz, en juventud, en vivos colores, transmitía todo menos optimismo, entusiasmo, vivacidad. Era un cuadro que contenía un misterio, la lucha contra el arduo día a día, un rigor, un dolor, un desvanecimiento.
Juli, nuestra amiga, se ofreció a tomarle la foto que Fede debía enviar. Lo hicimos el domingo siguiente en su taller y allí, ya menos agitados, celebramos con cerveza y Rolling Stones. El “evaporarse” me hacía pensar y parecía advertirnos algo.

*

Fede es profesor del módulo de Ilustrativa en la Facultad de Diseño Gráfico de la Universidad Pontificia Bolivariana. A sus estudiantes les intenta transmitir esa libertad creativa y técnica con la que él desarrolló su talento. Algunos sufren ante tanta libertad:

-          Vienen y me preguntan: “Profe, ¿cómo así que dibujemos lo que queramos?”…  es como si solo sirvieran para obedecer – se lamenta.

Allí, donde también estudió, aprendió a valorar el efectismo. Asimiló que el realismo y el hiperrealismo son un recurso más que un estilo, y que deben estar en sintonía con una intención tan potente como pura, tan natural como segura.

-          La fuerza del aburrido que cuando habla, habla aburrido - me explica.

Él jamás quiso ser llamado artista tanto como ser capaz de expresarse por medio de la pintura, dominando los materiales, dándole su toque personal. Ya no cree que el mérito de una obra conste en el alto nivel de realismo, ni en lo mucho que se le haya trabajado. Admite medir el valor de una pieza por lo que le logre transmitir.
Aun así, a pesar de casi 30 años dedicados a explorar las diferentes ramas del dibujo, la ilustración y el arte plástico (también hace escultura), sus exposiciones solo solían ser frecuentadas por alumnos, compañeros de trabajo, seres de la noche, antiguos romances y familiares. Todos admirábamos sus obras pero ninguno podría pagar un precio justo por alguna de ellas. Sin respaldo de una galería, era considerado como un profesor aficionado a la pintura y no como un pintor que tiene que trabajar en algo para poder subsistir. Por eso, toda la carrera para lograr enviar una muestra de su obra a Londres:

-          Yo lo envié a la mano de Dios. Igual, nunca he estado de acuerdo con la manera como los premios clasifican. Eso me parece muy loco… que uno tenga que acceder a ellos para tener credibilidad. Y un premio no tiene por qué decir nada – manifiesta.

*
El sol de los siguientes días, tan fuerte que manchó las paredes, contrastaba con los repentinos y bullosos aguaceros. Al lado del comedor, en un mueble oscuro, junto a la pajarera de las loritas y acompañada de otros dibujos, la pintura, ese pedazo de madera, retrato de una mirada y un muro, quedó ojiabierta. Nuestra cotidianidad le pasaba al frente. De noche, entre floreros de cristal vacíos, vasos, cargadores y libretas, era un bulto más. Entonces, tal y como su nombre nos lo advertía, a mediados de febrero, el tío Fercho fue hospitalizado. La tensión nos destemplaba. Los resultados eran malos – malos. Tantas veces mi tío había logrado superar batallas hospitalarias, que conservamos la fe y el optimismo tal vez más basados en la costumbre que en un juicio sensato. Las opciones se fueron agotando hasta que lo llamado imposible, sucedió: Fernando Prado Bravo, guitarrista y compositor, tío mío y de Fede, esposo de Judy y padre de Pipe, Franco, Lida, Tata y Santi, tardó otros cuatro días en evaporarse.
Las honras fúnebres las crucé adormilado y distraído.
Durante las siguientes semanas, familiares y amigos visitaron a mi tía. Ella nos pidió que la acompañáramos y no la dejáramos sola. Fue entonces cuando la pintura de Fede nos sirvió para no naufragar en incómodos silencios largos. Mis primos la vieron, los visitantes también; si el tema se agotaba, si parecíamos precipitarnos por un vacío de silencio, yo brincaba, sin espera, sacándome del bolsillo el celular para encontrar la imagen y decir “Mirá: esto lo pintó mi hermano”. Y la reacción era siempre distinta y semejante: hubo quien rio y María, la esposa de Franco, lloró:

-          ¡Ay no, es que quedó igualitico!- se justificaba.

Muchas veces el cuadro y yo nos quedábamos mirando: mientras desayunaba, durante el almuerzo, cuando leía por ahí cerca. Frente a frente. No sé cuándo dejé de verlo pero sí recuerdo cuando me lo volví a encontrar, arrumado en una esquina, boca arriba y con la huella fresca de un pocillo estampada en toda la mitad: Rocío, la empleada de toda la vida, consideró que la pintura también podría ser usada de mesita.

*

A la bandeja de entrada de Fede no había llegado ningún mail. Los plazos se iban venciendo y ya no quedaban esperanzas. La vida siguió. Fede daba clases, componíamos canciones y acompañábamos a nuestros primos en el duelo. Él, ni muy frustrado ni muy satisfecho. Simplemente, enfocado en la rutina, en la bruma de la cotidianidad. Entonces una sugerencia y una sorpresa: al revisar el correo spam, se encontró con muchos mensajes de Clementine, una de las exhibition manager de la National Portrait Gallery. “Fenómeno del Niño: Evaporarse” había sido seleccionada. No quedó ni de primero, ni de segundo, ni de tercer puesto, pero hacía parte de la colección itinerante que sería exhibida en diferentes museos en todo el Reino Unido. Para ser parte, debía enviarse el cuadro, no una foto, y la fecha límite era el 17 de marzo, y ya era 14.
El envío resultaba costosísimo y demorado.
Las autoridades anteponían todo tipo de problemas: por los seguros de aduana, por el peso, porque era madera de pino y esta era una especie que debía ser registrada previamente y que exigía además un papel de inmunización…         
Ante los obstáculos, Fede prefirió seguir actuando como venía haciéndolo hasta este momento:

-          A la mano de Dios. Básico.

Le pidió prestado a nuestra mamá quinientos mil pesos, limpió las marcas de pocillo, la suciedad y el polvo que se habían ido acumulando en la superficie, y envió el cuadro en vuelo directo costeando lo menos posible, de una manera arriesgada y precaria. No pagó seguros, y hacerlo así, fue exponerse a que la obra llegara rota, estropeada, manchada, o a que no llegara. El retrato, para evitar que pesara más, iba empacado sin marco y su única protección fue una bendición de aire que Fede le trazó encima.
Los días pasaron y el ánimo se tornó grave: a mi hermano le costaba dar clases, en los ensayos éramos dispersos, y nos sentíamos expuestos a la frustración. Ahora dependíamos de la sutileza de alguna autoridad aeroportuaria, de un bodeguero inglés. La empresa de envío ofrecía la oportunidad de seguir el trayecto registrándose con un código en el sitio web. Así, actualizando muchas veces la página, revisando primero el estado del vuelo y luego, las condiciones de la entrega, en par de días, Fede leyó el mensaje que confirmaba que su paquete había sido entregado de manera exitosa.
Esperó.

-          Como a los dos minutos, ahí mismo, el mensaje de Clementine. Que ya lo había recibido. Que había llegado bien.

La pintura, el cuadro, la obra jamás volvería a estar ni en nuestra casa ni en nuestras manos.


*

 Todas las amistades presentes en Inglaterra, se acercaron a la obra y se tomaron una foto. Jairo, amigo nuestro, tatuador establecido en Londres desde hace nueve años, agregó a su selfie un audio:

-          Hey, Fede. Que cuadro más colino.

El retrato estuvo en varios museos del Reino. Fue expuesto en lugares que Fede y yo siempre hemos soñado visitar y en otros cuyos nombres ni sabíamos pronunciar. A veces, al despertar, un día cualquiera, o después de una fiesta, íbamos al comedor y era como si todavía estuviera ahí. Pero no. Ese cuadro estaba más allá de las montañas y parecía estar halando a todos los demás dibujos consigo. Las obras de Fede empezaron a ser requeridas. Hasta un boceto en lápiz querían comprárselo. La galería La Oficina, dirigida en aquel entonces por el selectivo curador Alberto Sierra, le abrió sus custodiadas puertas pesadas. Lo unieron a un ecosistema de jóvenes creadores, de artistas revelación, de cocteles en salones amplios y techos altos. Sí: ya Fede era reconocido como un artista y “Fenómeno del Niño: Evaporarse” como una obra preciosa por la cual, meses después, Stephen Barry, coleccionista inglés, pagaría 2.500 libras esterlinas:

-          Y a mí que no me gusta casi pintar retratos – dice Fede.
-          ¿No?
-          No. Eso no es lo que busco. Yo prefiero pintar otras cosas – me confiesa y anuncia.



viernes, 19 de enero de 2018

Quedarse en el aire: divagar alienta.


“¿Y esa cajita qué es?”, me preguntan.
“Es un aparato para medir la calidad del aire en este lugar y en este momento”, respondo.

La reacción de cada persona es diferente. Quiero decir, tan diferente como propia. Por eso, de cierta manera, en cierta medida, cada persona, ante esta cajita con la que anduve por las reuniones familiares de diciembre, se muestra, se deja ver, se desnuda.

Un primo se maravilló con lo material del artefacto, con su circuito y su funcionamiento. A un tío no lo atrajo lo suficiente. A una tía las luces la hicieron reír. La esposa de un primo lo comparó con otros proyectos. “Eso lo hacen en los colegios de los pueblos. Eso puede servir allá; en Medellín ya no. Porque puede educar y concienciar a los jóvenes, porque a los adultos, no”.
“¿Y por qué no?”, indago.
“Pues porque eso puede generar cosas muy malucas y los adultos no tienen tiempo y están ocupados en otras cosas”.
En su voz, en plena novena de aguinaldos, encontré por primera vez un mensaje que volvería a escuchar luego. Básicamente, esa cajita, esa acompañante, era vista con sospecha. Lo que ocurre es que procurando prudencia se limita el proyecto. Se le ubica en un ámbito que incluye resignación y utopía. “Igual ese aparatico no limpia el aire. Sólo asusta diciéndole a la gente que está sucio y que debe irse de donde está. Y eso hace que se terminen llenando los pueblos y ocupando las reservas y eso sería contraproducente porque…”
Esta conversación termina incluyéndolo todo. La chatarra, la tecnología como industria y negocio, la manera como la Alcaldía de Medellín le ha pedido al SIATA que deje de dar los malos reportes que porque eso estaba afectando al turismo, la tala, el crecimiento descontrolado de las ciudades, el sentido de las ciudades, los carros, el pánico. Así, este aparatico no sólo mide el material particulado presente en el aire, sino que también, con cierto tipo de personas, permite charlar acerca de todos esos asuntos que se quedaron en el aire, irresolutos, disueltos en un fingido olvido. Conversar sobre la crisis ambiental nos lleva a hablar del individualismo, del fanatismo, de lo que nos mueve, de las esperanzas consumistas, de la lujuria.  Es un portal. Una interferencia que trae el silencio y hace que cese el ruido.  

Verde, verde.

“Y bueno, esas lucecitas verdes, ¿qué significan?”
“Que el aire está bien acá”
“Pero eso lleva rato ahí y no cambia de color. ¿Está bueno?”

El escepticismo embiste constantemente y de varias maneras, unas más vulgares que otras.
“¿Eso sí es realista?”
“¿Eso sí se puede vender? ¿A la gente sí le interesará eso?”
 “¿Y uno cómo sabe si se daña?”

No cesan de ver esto como un proyecto, o un artilugio en miras del enriquecimiento, o como una idea para un negocio, o como un resultado académico. Se anula por su actual apariencia rústica, y no le encuentran, o no le quieren encontrar, ni funcionalidad ni utilidad. Omiten que esto les da un poder a las personas que lo usen. Entre tantos ejemplos que podría dar, se me ocurre mencionar el siguiente:
Los papás de Julián, una de las principales mentes de este proyecto, vivían en un segundo piso, encima de donde una señora había montado un negocio de preparación de arepas. Todo ese humo de la cocina contaminaba el interior del piso superior, y sus habitantes se empezaron a enfermar. Gracias a esta cajita, invento de su hijo, pudieron tomar acciones legales e incluso prevenir a la señora dueña de la venta de arepas, quien ignoraba la medida del riesgo al que se estaba sometiendo.
Cuando me contaron esta historia, me acordé de aquella tía que tenía su taller de artesanías en una habitación sin suficiente ventilación. Nadie sabía que el aire que respiraba era una suerte de químico volátil. A los pocos meses, una intoxicación química casi nos deja sin ella. Esta cajita habría servido para advertirle, y esa advertencia no habría sido ni esquizoide ni paranoide ni incómoda. Habría sido un diagnóstico, información valiosa, auto cuidado.
Tal vez llamar pánico a la toma de conciencia sea una de las malas lecturas de occidente. 
Tal vez, por eso, preferimos doparnos con desconocimiento.
Tal vez, sepamos cuál es el camino más indicado pero preferimos no andarlo. 
De hecho, quizá, solamente valoramos la vida por lo que nos han presentado como bienes de lujo, por los placeres y por la toxicidad que podamos encontrar en ella. 
Y esta visión me contradice porque no pretendo ser pesimista ni alimentar temores.
Creo que el objetivo de este aparatico no va en contra de la realización de la persona que lo use; por el contrario, la hace más social. Es una fisura por donde entra la luz, y hace visible lo invisible, le da un color al aire que se respira. Advierte e indica: si brilla rojo, no se trata de salir corriendo, acabar la celebración y aislarse. Quizá esa mala calidad del aire sea equivalente a la calidad de la comida chatarra, de la televisión nacional, del trap. ¿Cuánto porcentaje de eso estamos dispuestos a consumir? 
En diciembre, luego de presentar este medidor a algunos familiares y amigos, descubrí que el miedo y la impotencia se entrecruzan: impotencia ante el miedo y la impotencia es tanta que sentimos miedo. Reconozco que al decir miedo, envaso con afán y algo de torpeza, en una sola palabra, toda una serie de temores y de desconocimiento que nos implican parálisis: no somos capaces de creer en los procederes de esta civilización pero perpetuamos sus métodos, sus sistemas de creencia y de valores: la propiedad privada, la denuncia, la idea de identidad y cómo proyectamos esa idea de “quién soy yo” en una sociedad más capitalista que democrática. 
Ya es enero y recuerdo que antes nada solía intimidarme más que este mes; así fue hasta cuando febrero y marzo, en Medellín, ciudad donde vivo, se convirtieron en meses de crisis medioambiental y durante los cuales no se ven la punta de los edificios altos, y se declaran dos alerta- roja semanales debido a la mala calidad del aire.
Además, a razón de creernos herederos del rigor de los abuelos arrieros, nos interpretamos y terminamos por adaptarnos a este colapso.
Vivir no es soportar y hay condiciones a las que adaptarse, sería criminal.
Cuando la nube de smog vuelva, no sé si aún considerarán que esta cajita debe estar guardada en los colegios; olvidada, tal vez, en una bodega o en una gaveta plástica que alguien marcó escribiéndole encima “Proyectos Feria de la Ciencia”.