lunes, 23 de octubre de 2017

La suma nos resta


Yo quisiera que nuestro final fuera
Sin forzados argumentos,
Sin ira de orgullo,
Sin malos momentos.

Yo quisiera que nuestro final fuera
Jamás habernos conocido
sin ganas de llorar
Un imposible mediodía gris

Yo quisiera que nuestro final fuera
Desvanecernos en la fiesta
confetti en la bebida
Las buenas noches de los buenos días.

Yo quisiera que nuestro final fuera
Un final que no hiera
Y que fuera hoy. 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Causa, medio y encuentro. ¿Vos cómo vas con la idea de respirar?



Una mañana, en un café ubicado en el barrio Carlos E. Restrepo de Medellín, Federico y Julián me hablaron de los medidores móviles para monitorear la calidad del aire.  Me presentaron este proyecto sin alabarse, sin exigir créditos. Me mostraron el prototipo del artefacto. Se expresaron de manera muy abierta, como quien explica una tarea y la ayuda a hacer, en un descanso, en un rato libre. Ocho días después, unidos por la misma casualidad, como un guiño cósmico, volví a encontrarme con ellos. Los saludé preguntándoles “¿Y cómo van con su proyecto?” La respuesta fue un llamado: “¿Cómo vas vos con este proyecto?”. Y sí. Es la mejor respuesta porque mi pregunta es un lapsus que permite entrever una actitud que he tomado, tal vez desde pequeño, ante fenómenos tan trascendentales y cotidianos, tan comunitarios e individuales, como es la realidad de la calidad del aire y de lo que se hace para mantenerlo en las mejores condiciones posibles.
Esta es una tarea que todos debiéramos esforzarnos por hacer.

En términos generales, el medidor móvil es un artefacto cúbico pequeño que informa sobre la calidad del aire, a partir de las condiciones que se registran en el preciso lugar donde se encuentra quien porta el dispositivo. Este aparato está diseñado, inicialmente, para registrar la humedad, la temperatura y el material particulado, propios de un sitio en un momento específico.

En la actualidad, Medellín confía esta lectura de su aire a unas cuantas estaciones de monitoreo general, ubicadas en puntos muy distantes entre sí y con las cuales se pretende informar a los habitantes. Lo más personalizado que hay, son unos dispositivos base que se pueden instalar en las casas y con los que se puede obtener toda la información pero de una manera hermética, sin que se pueda acceder a la misma, es decir, no revelan los datos que indican la calidad del aire a quienes lo han adquirido sino que los remiten a esos mismos centros de monitoreo general. Esto es estar a la deriva. Respirar sin saber cómo está el aire de mi barrio. Si sigue igual con este edificio que están haciendo aquí al lado. Si no ha variado desde que montaron aquella fábrica en la esquina. Si con el puente que construyeron acá al frente, ha empeorado. Y lo agudo es que la acción gubernamental, para lograr que las condiciones del aire sean al menos decentes, comprenden un mínimo de 30 años. Un plazo normal tratándose de una ciudad. Esto es determinante para explicar por qué se deben tomar medidas desde diferentes ángulos y por parte de distintos actores sociales.

Depende de la ciudadanía empoderarse. Decidir. Presionar. Lo civil es la única manera como la humanidad, a lo largo de su vértigo, ha evolucionado y salido de oscurantismos. Está claro que cada año, especialmente cada febrero y cada marzo, las chimeneas se prenden, la chatarra se quema, los vientos disminuyen y el Valle de Aburrá se llena de smog. El sol sale y se oculta obnubilado, desde los cerros no se ve la ciudad y estando en el centro, entre el agite y la furia, a los últimos pisos de los edificios los vela una pesada y densa nube tóxica. Saber cómo está el aire en el momento y el punto exacto en el que estoy ubicado, es un derecho y un deber. Alarmarse es lo entendible; el pánico, una probable consecuencia. Pero tal vez sea de eso de lo cual necesitemos para despabilar y decidir. ¿Decidir qué? Por ejemplo, algo tan sencillo como si me quedo o si me voy de un sitio.

Y bueno, todo este proyecto, toda esta iniciativa, ¿cuánto vale? ¿Cuál es el precio? ¿Cuál es el modelo de negocio?... abajo los muros y los alambres de púas. Que se caiga el telón: no hay factor dinero de por medio. El proyecto no está esperando a que sea negocio para poder ser. El emprendimiento debe ser una herramienta de enriquecimiento cultural y no sólo económico. Ya hay un sitio web en donde pueden conocerse los planos de construcción de cada dispositivo móvil. De hecho, está toda la información ahí. Por eso, si algún ingeniero industrial quiere acercarse y hacer lo suyo, será bienvenido. Si otra persona es capaz de cumplir con la genesíaca tarea de nombrar lo que es, representa y hace este artefacto, también será bienvenida. Este proyecto depende de quienes lo alimenten y crecerá libremente desde su ejecución. “¿Vos cómo vas con este proyecto?” Es la forma como hay que hacerlo avanzar. ¿Cómo vas con la idea de respirar? Hay que ser conscientes de lo que se trata. De lo que respiramos. De esos elementos con los que de cierta manera alimentamos nuestro organismo. Eso sobre lo cual flotan nuestras ideas. Si alguien llegase a necesitar que Federico y Julián les elaboraran un artefacto, de lo único que tendría que encargarse sería de la compra de los materiales necesarios para su fabricación, los cuales son fáciles de conseguir.

Queda mucho más por decir, pero es más lo que queda por hacer. Y cada uno puede definir su compromiso según su preferencia. Esta es una tarea que todos debiéramos esforzarnos por cumplir. Esa mañana, cuando me despedí, les pregunté: “Bueno, y si alguien quiere conocer más del proyecto, ¿qué les digo? ¿Qué se contacten con quién?”. Otra vez, la respuesta fue un llamado: “con vos”.



lunes, 25 de septiembre de 2017

El arte de saber estar en la vida del otro


Las opiniones frente a cierto tema nos han situado en orillas opuestas. ¿Qué tal si, enfrentando la corriente, avanzamos hasta la mitad profunda, uniendo nuestros pasos y nuestros caminos, y allí nos encontramos tal vez para llegar a un nuevo punto de vista más esforzado? …  para mí, el diálogo tal vez sea la mejor manera de conocer al otro y esto es muy importante porque hay que saber el modo más indicado de estar en su vida, y si uno no sabe cómo beneficiarlo estando uno presente, sin interrumpirlo en su realización, sin maltratar su psiquis, lo mejor es retirarse, no meterse. Leer al otro: el amor es un lenguaje complejo. 

Es difícil no extenderse en este tema en el que hoy me he obligado a ser breve.


Uno debe dedicarse a eso por lo que uno siente un interés obsesivo (diré: apasionamiento)
Lo creo así no por una moral individual sino porque creo que es ético. Creo que los problemas más grandes es porque muchos profesionales ejercen sin convicción ni cotidiano interés. Ese cotidiano interés que se evidencia en una apertura, en la paciencia, en la constante búsqueda de nuevas preguntas (más que de nuevas respuestas).  
Es la única manera de evitar funcionarios públicos y privados ineficientes. Doctores que dejan agujas adentro del estómago. Guionistas que no leen. Músicos que sólo saben bailar. 

lunes, 11 de septiembre de 2017

El arte de la buena compra


Aprendí a corregir ciertas actitudes sin adoptar nuevas. Lo importante de la auto-observación, como con el psicoanálisis, es trabajarse, no cesar de sustraer y tampoco de sumar. Ilustro: hace diez años mis padres me compraron un bajo. Un Squier Jazz Bass. Buenísimo. Excelentes maderas, excelente construcción, buenos circuitos, sin ruido. Dos años antes, 2005, me había obsesionado con los bajos, las guitarras y los Converse, y me la pasaba mirando catálogos. Cuando obtuve mi instrumento, supuse que la manía por mirar catálogos hasta quedarme dormido pasaría, pero no. La compra me llevó a pensar: bueno, ¿cuál es el siguiente? ¿Uno mismo pero Fender? Y puedo decirlo: he dicho diez mil veces. “Sí, este es mi bajo favorito, por si algún día me lo preguntan”. Y la idea es que debe ser uno, o dos, o máximo tres, porque la idea de comprar muchos, bruscamente, de acuerdo a los caprichos y sin reparar en detalles,  no es tan exigente como la intención de comprar solamente uno más. Y la línea de pensamientos ha variado: por peso, por su forma, por su silueta, por su construcción, por su sonido, por el clavijero, por el color del mástil, por si es activo o pasivo, etc. En mi carpeta de archivos personales no tengo ni una imagen pornográfica, pero sí tengo unas doscientas imágenes de bajos de todo tipo. Esta actitud me llevó a investigar y a conocer modelos, maderas, conceptos de construcción de un bajo, estilos, pero, es real, no he tocado mi Squier Jazz Bass la mitad del tiempo que me la he pasado mirando otros bajos a través de los cuales, supuestamente, me asomaría al mar musical que este instrumento ofrece. Es como si mi sentido apreciativo, a veces volcado en la pintura y en la escultura, en mi caso, estuviera enfocado únicamente en la apreciación de bajos y guitarras. Sus cuerpos y detalles, sus colores, sus materiales, todo generaba una impresión en mí y era como si el destino del instrumento fuera más desde lo visual que desde lo sonoro. De hecho llegué a pensar que, siendo mi hermano pintor, sería muy especial usar estos cuerpos de instrumentos como superficie de sus pinturas. Desde el mismo corte se habla y no es lo mismo una Les Paul a una Flying V, ni tampoco una Stratocaster a una Archtop. Tal vez podría considerarse un desperdicio usar esto para aquello, pero, ¡qué hago, pues, si soy sensible a eso! El hecho que me indispuso fue que mi búsqueda sonora a partir del bajo se truncó. Me dispuse entonces a aprenderme líneas de bajo tanto de solistas como de miembros de agrupaciones.  Por ejemplo, me di cuenta de que no era capaz de tocar a tiempo y de manera sólida el bajo de Around the World de Daft Punk y que los bajos de McCartney se me hacían tan complicados y enredados como los de Jaco Pastorius, y que los de Jaco eran espuma de un sueño imposible de recordar. “¿El primer segundo de Teen Town? ¿Cuántos dedos se necesitan?”, pensaba. Mi reflexión continuó y recordaba a James Jamerson (… y que él sólo usó un único bajo en toda su fértil y determinante carrera… un Fender Precision…). “Tal vez debo aprender a escuchar esa frecuencia sagrada”, pensé evocando las palabras de Guillermo Vadalá, quien es una de las personas que me ha enseñado a entonar el bajo con alegría, pues su experiencia ha servido para que nos hable no sólo con música, sino también con palabras que expresan esa necesidad de darle al bajo algo más que un ritmo acompasado y tímido entre las tónicas que conforman la armonía de una canción. “Hay que ser alimento desde los graves”, fue una frase de una de sus charlas maestras. Decidí entonces meterme en esos retos personales para aprender a escuchar y a partir de lo que percibiera mi oído, pasar a interpretar, a crear, tratando de darle un momento a cada proceso. Gracias a YouTube, pude escuchar Teen Town a la mitad de tiempo y oír esos sonidos que la velocidad de la grabación no me permitía ver. No entendía nada de la tablatura, me perdía, me quedaba. Así, siendo la obsesión mi método, busqué otras maravillas del bajo, como This Charming Man de The Smiths y varias otras, con la intención de primero escuchar y apreciar, para luego replicar e interpretar. Y bueno, este ejercicio creo que es más sano de acuerdo a mis gustos que obsesionarme con los catálogos, pues lo primero me llenaba y me permitía valorar mi Squier Jazz Bass, mientras que lo otro me hacía sentir vacío y necesitado de gastar en otro instrumento. De esta manera, y porque en ese entonces la banda lo requería, le pagué a mi amigo Sebastián Gil para que le hiciera cariñitos a mi bajo: hidratación de la madera, apantallado, calibración, octavación… la próxima es comprarle unos potenciómetros y quizá, quizá, comprarle unos micrófonos nuevos. Esto creo que es un círculo: corregir actitudes adoptando nuevas. Hacerse responsable de la compra y conservar la intención de invertir en ocasiones determinadas y así, enfocarse. No está de más decir que este gusto por ver catálogos, incluía también pasarme horas viendo fotos de amistades, convocatorias para irme a estudiar al exterior y mujeres en distintas plataformas (y posiciones). Esto producto de la desorientación y de fijar el fin en la compra de un objeto más no en el sentido de la compra, en lo invisible que es valioso, en lo que con ese objeto podría lograr hacer y crear. Era en parte procrastinar: el miedo a enfrentarme a mis capacidades, a hacerme las preguntas grises, a sacarle cayos a mis dedos, a disciplinarme, a sentirme culpablemente desconectado por no estar pendiente del flujo de información brindado por las personas en las redes sociales, a estar solo frente al abismo. Creo que ese hacerse responsable de la compra, guiarse por aquello en lo que uno ha invertido, es importantísimo. No dejar libros sin leer en una biblioteca que no para de llenarse de enormes títulos, sino tener la compostura de leerlos, así sea más difícil, a veces, que comprarlos; saber que los sonidos que pueda sacarle a ese binomio de cuerdas, circuito y madera, tienen la fuerza suficiente como para  llevarme a otras ciudades, así parezca más fácil, más ordenado y más cómodo lograrlo mediante una beca. “Ve y organiza tu cuarto”, método y máxima still vigente. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

¿Por qué me amo?


La pregunta surgió así: ¿Por qué merezco ser amado? Pero luego evolucionó porque no tardé en darme cuenta que más que tener claro por qué otro, indefinible e impreciso, podría llegar a amarme, era más importante saber por qué yo me amo a mí mismo, por qué yo merezco amarme. Inicialmente, los motivos fueron casi los mismos por los cuales suelo amar a otras personas: capacidad creativa, los placeres que me brindo. Pero luego de un vacío sin respuestas convincentes, por fortuna entendí que si me amaba era porque de una u otra manera cuidaba de mí, me atendía, me proporcionaba algo más que buenos momentos. De niño no me gustaba leer, obvio encontraba mayor diversión mientras jugaba Duke Nukem o viendo tv. Pero porque me quiero fue que me arrojé a expresiones no sé si más sublimes o sagradas pero sí mucho más estimulantes, fortalecedoras, exigentes, delicadas, nutritivas, activas y embellecedoras que andar matando monstruos en el computador. Un ejemplo, el baloncesto y la natación; otro ejemplo, aprender a escuchar música e interpretar canciones; otro ejemplo, leer cómics y novelas; otro más, el último: contemplar animosamente un libro de las obras completas de Salvador Dalí que mi papá nos regaló a mi hermano y a mí, y gracias al cual recordé que casi siendo un bebé me gustaba leer la enciclopedia Salvat y pasarme horas mirando las ilustraciones de animales, las fotografías de las naves espaciales y de Pink Floyd en escena. Darse amor es similar a caminar sobre hielo fino, un arte que no se domina completamente pero que hace interesante el hecho de vivir. 

lunes, 17 de julio de 2017

Titula


La somnolencia permanente a lo largo de estos diez años de intenso beber. A los catorce, cuando probé el ron, supe que los guayabos me marearían a tal punto que la realidad me parecería un sueño débil. Las ganas de quedarme dormido eran también ganas de despertar. En sí, el mareo venía con la necesidad de brisa fresca dentro de mi cabeza, de lucidez, de aligerar la congestión ocular. Durante esta época que podría (¿debería? ¿quisiera?) llamar mi primera juventud, he intentado tomar las riendas y parar por uno o dos meses, al menos. Pero nada. Sólo pude cuando una alergia en la piel, devenida de mi tomadera y un roce sexual, me obligó a dejar de beber. Sentía calor en la piel, la cual, en la cara, era mezcla de enrojecimiento y escamas. Era como si me fuera a convertir en un ave y me estuvieran saliendo las primeras plumas cortas alrededor del pico. Pero este tener que hacerlo no fue tomar conciencia. Me la pasaba durmiendo, alejándome de esos días lo más tranquilamente posible para luego volver al bar, apoyarme, sacar el billetico otoñal y pedir una dorada. No es que haya dejado de ser alcohólico, simplemente dejé de beber. Los años pasaron, luna menguante mi vida, así la edad indique lo contrario. Vivir con guayabo, con sueño, con esa sensación de no realidad, de días granulados, de solo habitar lo que soy capaz de crear o leer, es algo más que una consecuencia. Es un modo de vida. Un condicionante. Un filtro. Una vida. Los fondos son cimas disfrazadas de simas: el techo se derrumba y metros abajo, compruebas otro suelo. Te pegas la fiesta ahí. Es tu fondo. Más abajo es imposible caer y bueno, en este nivel aún hay luz y una mesa de billar... pero, ¡oh, no! ¡este suelo ha cedido! Y otro piso abajo vuelves a descubrirte a gusto y no estás mal. No es tan solitario como creíste. No es tan sombrío. Hay personas, amores, risas y romances. Pero no hay día siguiente. Hay otra noche y otros preludios de fiesta, pero no día siguiente. Esa mañana no vuelve, ese frío matutino que de niño te hacía sentir parte de un todo que gira, no está. Orbitas tu mundo, ves los papeles desordenados en el escritorio, las ideas de canciones, los archivos de Word, las carpetas con nombre temporales que creaste hace más de dos años. Es momento de aprender a celebrar escribiendo y grabando, amigo Juan. Perdonarte, ya no por el hecho de haber perdido el control, sino por crear algo que si bien no alcanza a ser tan bueno como tú quisieras (que no cumple con tu pasajera idea de perfección), sí corresponde a una búsqueda íntima y que tal vez debieras dejar salir de ti con técnica y buen gusto. Es momento de sentir alivio luego de dormir. De sueños lúcidos de los cuales puedas despertar.