miércoles, 14 de noviembre de 2018

Padres y amigos



Me gustaría tener hijos por la misma razón que me gusta tener amigos: nunca dejar de aprender. Esto surge de una confianza: sentir que mis padres y también mis amigos han aprendido de mí. Es un intercambio implícito. Es un clima perfecto a pesar de las ocasionales lluvias. En ciertos momentos, la relación con los padres es otra amistad: hay que cultivarla. Saber leer entre líneas.  Anticiparse al dolor. Evitar el daño. Las ocasiones y los eventos son solo eso: ocasiones y eventos. Y muchas veces en esas fiestas anuales, celebraciones programadas, no hay nada de qué hablar; el balón no rebota porque está desinflado. Los temas vuelven a ser los mismos porque no se crearon nuevos. Igual, no a todos les interesa ser amigos de sus padres porque mantener vivo el vínculo pareciera ser más una obligación que una elección (… o incluso, una aventura). Pero es una realidad que a los hijos y a los padres, así como a los amigos, no solo los unen el pasado y los problemas: pueden haber proyectos en común: coleccionar mares o ríos, por ejemplo.

martes, 30 de octubre de 2018

El poderoso y el apego



El odio es una forma frecuente del apego. Lo pienso luego de soñar con una escena: alguien, una persona tristemente débil, sin capacidad de defensa, subordinada a mí, se encuentra en mi cama. Simplemente está ahí, sentada o tal vez recostada, mirando la pantalla de su computador.  Yo advierto en este gesto un abuso: “¿Por qué está ahí?”. Me ofende y accedo a golpear. Le rompo el computador, le arranco parte de la ropa, la duermo a punta de puños. En un momento, como indicándome, similar a cuando nos consienten rascándonos, me dice: “ven, hazme por acá atrás, debajito de las paletas”.  Entonces admito con horror su poder y salgo corriendo a pedir ayuda. Me tiene capturado porque me ha hecho creer que yo soy el que me manda, el poderoso, el que odia. Ser sumiso es una forma de atar, de atraer, de convencer, de dominar. El que responde con odio o creyéndose más fuerte, cae en una intrincada trama de apego: ya no es apego disfrazándose de amor; algo peor: es apego disfrazándose de poder. Los tristemente débiles, los que buscan arduamente por ser rechazados, se ahorran el esfuerzo de levantarse, y desde su languidez dominan. 

martes, 16 de octubre de 2018

¿Cuánto es lo que dan?


La música jamás ha dejado de estar contaminada por la lucha de clases, por la imposición de la élite. De Carlos Vives a Maluma, quienes suenan en la radio son los hijos de empresarios o actores de clase alta, personas a las que les resulta propia la ambición difusa de la fama; bien fuera mediante el fútbol, la actuación, el canto o el entretenimiento, su esperanza de base era ser famosos y su método era el pagar por. La resonancia con la que cuentan es debida al músculo financiero, a sus posibilidades materiales. Más allá de calificarlo de bueno o malo, este fenómeno es una condicionante que no debiéramos dejar de ver. Son miles las buenas melodías que se están acallando no por méritos artísticos sino por las dinámicas de mercado, dinámicas que benefician la música más monótona y redundante, la más portable, la que se puede hacer sonar sin instrumentos. “Solo necesitamos unos cuantos bailarines y mucha ropa”.
Ahora cuando escucho a un nuevo artista sonando en la FM, busco en internet y lo compruebo: muchos son Yatras o Vegas cuyo único mérito reside en ser hijos de tal y poderse pagar ese espacio en la onda. Mi lucha actual está en no juzgar basándome en esta situación sino “libremente”. Pero no siento nada. Todo es una baba de bobos, fácil zalamería, sobreproducción, cuatro cuartos, “fría saliva de muerto”. Vuelvo entonces a Cocteau Twins, a The Smiths, a los Rolling… pero mi obsesión no cede y comprendo que también el hecho de que yo los esté escuchando corresponde a dinámicas de mercado: Inglaterra sabe exportar su cultura.
Recuerdo entonces cuando me preguntaron por la música urbana y de mi corazón salió una sincera alabanza al tango.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Esa última hora que tanto inspira



Solo podemos ser seres humanos. Quiero decir seres biológicamente humanos. No niego el espíritu ni la fuerza de la razón, pero mucho de nuestra corporalidad se escapa a lo que somos capaces de nombrar. Crecer, en el mejor de los casos, es ir reconociendo y entendiendo esa biología propia. Y el cerebro, como órgano, también es tan particular como desconocido. Es una unidad sellada: ¿quién sabe con seguridad qué zona tiene más activa? En este terreno irrumpe el lenguaje. Todo ese grupo de imaginarios y señalamientos, incluyendo esas ideas de “humanidad”, a veces tan opuestas a la biología más primitiva e innegable del hombre. Hay diferencias entre impulsos y necesidades. Reconocer qué es para cada uno, un impulso y qué una necesidad (las cuales a veces se empiezan a manifestar a punta de impulsos…) es imperativo.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Una necesidad



La historia de la civilización lo confirma: no importa qué se descubra; importa quién lo descubra.
No importa el mensaje; importa quién lo dice.
Las revoluciones son reiteraciones. Recaer es la manera de olvidar los propósitos.
Ya se ha avisado más de una vez: ni a punta de golpes aprenderemos. Es necesario empezar a cuestionarnos. Tenemos que hablar de política y religión: es fundamental en este momento. Debatir a cuántos les conviene que la mayoría de la ciudadanía sea carnívora. Entender el fenómeno de la pornografía, de los smartphones, y de los hogares divididos por la interferencia. ¿Por qué está mal que los jóvenes de más de treinta años vivan con sus padres? ¿Por qué cada persona debe ser un habitante que le represente al Estado la obtención de un monto económico mensual correspondiente a los impuestos de un carro, de un apartamento y de un celular? ¿Por qué lo "mío" en vez de lo "nuestro"? ¿De dónde ese fetiche con lo "propio"? 
Es momento de asolear nuestras ideas. De sacudirnos torpemente. En el camino iremos siendo mejores, pero los formalismos anuncian tiranías: el deber ser de los esnobistas es siempre el más violento. 
Hablemos de todo y desde ya.



sábado, 28 de julio de 2018

Una reflexión adolescente

Foto por June Juno
Puede ser adolescente por muchos motivos, pero yo la califico así porque responde a una provocación que viene desde mis años adolescentes: los medios dicen que el Rock n’ Roll está muerto. Sus argumentos siempre han sido comparaciones basadas en likes de YouTube, followers de Instagram, presencia en la Billboard, en magazines matutinos de difusión nacional y en emisoras radiales. Según esta interpretación, el reggaetón y la EDM son la música viva de estos días de calentamiento global y smartphones. A mi modo de ver, según este tipo de cifras y de "pruebas", el Rock n’ Roll no es que esté muerto: simplemente dejó de ser “popular”. Pero todavía e incluso así, sumido en esa "impopularidad", lo siguen haciendo y escuchando: diariamente, adolescentes de toda parte del mundo, estudian tal riff de guitarra, o dedican aquella canción de The Cure a ese romance tóxico. Sí: el Rock n’ Roll tiene audiencia a pesar de todo. Y ahora bien: falta ver si los géneros populares de hoy sobrevivirán a la inevitable impopularidad que se les vendrá en unas cuantas décadas. ¿Quién recuerda los discos de oro de “Café Moreno” o la Gaviota de Plata que Carolina Sabino se ganó en Viña del Mar? Los medios son trabajadores mediocres. Empleados deprimidos y deprimentes.   

lunes, 25 de junio de 2018

Alas Abiertas



Antes de la fiesta, no tenía vida. Empecé a tomar porque estaba seguro de que así conseguiría una. El peso de la costumbre perpetuó el hábito durante diez u once años. Romances, carencias, desordenes, aciertos, malas decisiones, imágenes, amigos, presencias, canciones, ideas, esquizofrenias, conocimiento, historias, risas, un cuerpo débil: esta es la coyuntura. Ahora necesito fortalecer mi cuerpo, hacerlo balsa para los océanos de todo el mundo, teleférico de todos los montes. Necesito corporeidad, dejar de ser para ser alguien más. Ver con nuevos ojos, buscar nuevas continuidades sin devolverme en el camino. Sé que deberé aprender a disfrutar de nuevas actividades en un comienzo tediosas o simplonas si las comparo (injustamente) con lo que siento mediante la bebida, la fiesta, el trasnocho, la disolución. Disolverme en la parranda me produce una satisfacción automática que a este punto ya me ha deprimido más de lo que me ha alegrado, activado o entusiasmado. Las mejores ideas han surgido en sobriedad, las líneas potentes las he alcanzado en rigores solitarios y creativos. Debo ahora (porque el deber es sinónimo de libertad) saber qué decir y ser capaz de decirlo; saber ser y atreverme a serlo. Necesito que los demás no me inviten a un trago, ni a una fiesta, ni a un plan: si a algo me van a invitar, exigir que sea a la vida: a un concierto, a una obra de teatro, a una biblioteca, a cocinar, a una caminata, a nadar en un lago, a hacer el amor, a tendernos en una manga para mirar el cielo. Será un modo de existir abrumadoramente diferente al actual y pasado; pero también será de sensaciones. Así, dejaré de fantasear con la sombría ruta de algunos ídolos, y viviré la mía. Soy una voz que contiene voces.