jueves, 27 de marzo de 2014

Anécdota.



Las manzanas del bodegón que nos pidieron retratar eran de color vinotinto, borgoña o rojo maduro, no escarlatas, pero la orden de la joven maestra era pintarlas de un rojo vivo, rojo escarlata, logrando así un retrato imperfecto impuesto por un ideal que aún no comprendo. No importaba y estaba de más mi inocente intuición, mi sano discernimiento. La profesora nos exigió que fuera “roja – roja”, o sea del color que no eran, en vez de rojo maduro, color exacto de la fruta y el cual quise conservar sin interesarme la opinión de mis compañeros y de la docente, pues era muy niño como para comprender lo importante que es en nuestra cultura complacer, fingir y mentirse hasta confundirse para así convencerse de que lo más cómodo es sumarse ciegamente a la engañosa tradición sin al menos esforzarse por saber si podemos corregir algo. Era 1993, yo contaba con 5 años de edad y me es dificultoso precisar si hubo consecuencias; sé que determinó mi manera de relacionarme con la autoridad pero por el momento sólo me siento capaz de narrar aquello que recuerdo: en sí, lo que pensé y decidí. 

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