sábado, 29 de abril de 2017

Tal vez porque Gärtner significa jardinero

Trabajar en cualquier cosa por las ganas de ganar dinero. Así pulirse, recrearse y replantearse. Estudiar jardinería, trabajar en una librería, en un vivero. Acercarse a las plantas, a los libros. A eso que amo. Decía: si voy a trabajar en cualquier cosa, sin importarme nada, pues me voy a otra ciudad en otro país: pero no. Ya no. En esta ciudad es donde está la agrupación y todo lo que hay por hacer. Recuerdo a Sebas Quijano, a Daniel Jiménez, a  mis contemporáneos que viven de hacer más justa y sensible a esta sociedad del trópico. Que irme no sea escapar: la vocación es comprobarse en un compromiso y redefinirse en él.  Si hay que mejorarse, pues mejorarse. Espero que sean las opciones y no el tedio las que me plantearán qué idioma, qué lugar, cuáles esperanzas. Crear será una condición de vida. Mi manera: ensayar, disciplinarme, estudiar cada día más. Mis dos verbos son contemplar -realidades, libros, miradas, mi propia voz- y adorar. Así construiré una fantasía que sea refugio de muchos y no una fantasía que sea evasión, discordia, trinchera desde donde disparo denigrando, escondite, fumadero de opio.


jueves, 13 de abril de 2017

Primer Intento

                                                                                              
            Horacio me asegura que solamente debiera dedicarme a escribir. Dice, para enojo mío, que el único motivo por el cual yo me considero un pintor es porque mi papá también pinta y porque mi mamá esculpe. Sin convencimiento, hoy quiero acercarme a la escritura, a este nuevo modo de canalizar mi sensibilidad, como una forma de corresponderle a su fría pero sentida manera de ser amigo mío. Además él es un vidente: su afán por hacer que yo escriba lo argumenta recordándome que mi dos abuelas fueron poetisas, mi abuelo materno un periodista y el paterno un jurista. Lo extraño es que aún no sé cómo se enteró de todo eso. Nunca se lo mencioné ni tampoco le conté algo al respecto a Eliana, una amiga mía que era novia de él y quien hasta hoy vivió en la misma pensión estudiantil que yo.
            En la actualidad estudio Artes Plásticas y me pago un cuarto con el dinero que me consignan mensualmente mis padres, quienes decidieron irse a vivir a El Carmen de Viboral, lejos de todo excepto de ellos mismos, según dicen. Eli es de Santa Marta y había venido a Medellín a estudiar Diseño de Modas. La primera vez que nos vimos nos enamoramos, e insinúo que fue mutuo porque decidimos unirnos en una sola habitación para ahorrarnos así una mensualidad. Lamentablemente, no me convino la cercanía pues su obsesión por el orden chocaba con el estado en el que suelo mantener los lugares que habito. Al principio intenté disimularlo pero con el paso del tiempo se me hizo imposible: los libros volvieron a regarse por el suelo, el polvo consumió la madera de mi ukulele, las hojas decidieron amontonarse en un rincón donde la humedad de la pared resolvió unírseles. Ella, sin avisármelo, empezó a pagarse su propia habitación y desde esa fecha somos nada más que amigos.
Conocí a Horacio la noche del lunes 30 de octubre. Yo completaba el tercer día de estar encerrado en mi habitación, luego de haberme reencontrado el jueves anterior con la cocaína y las metanfetaminas. Tras cruzar una laguna de horas, no me equivoqué al predecir lo pesado que sería el guayabo, el cual se estampó en mi mente, hacia las dos de la tarde del viernes, como la versión impresionista de un nublado paisaje: melancolía imprecisa, vergüenza, taquicardia, fetidez. No era capaz de hablar. Me desconecté. El dolor se nutría de antiguos dolores; la culpa, de viejas culpas; la tristeza, igual. Supongo que Eli sabía lo que me ocurría porque durante el fin de semana, alentándome, me envió varios mensajes de voz y fue por ese detalle, que el siguiente lunes, quise agradecerle con un abrazo.
Cuando salí de mi encierro, los vi sentados en la sala. Mi amiga hablaba y él la escuchaba. Observé atento. Dejé que pasaran algunos segundos. Dudé; quise dejar mi agradecimiento para otro momento pero noté que el ritmo de su conversación decaía. Muy suave, él la interrumpió y, con fuerza e intención, me miró como pidiéndome una explicación. Eli, torpe, titubeando, brincando de palabra en palabra como si cruzara un río saltando de piedra en piedra, le dio a entender que yo era su roommate y, al reprocharme por haberla dejado en visto, despertó la curiosidad de su acompañante, quien dedujo, no sé cómo, que yo estaba pasando por un mal momento. Esto me llevó a unírmeles en el sofá y a hablarles, o mejor, a llorarles mis sentimientos. Él intentó animarme pero por esa culpa nutrida de culpas y ese dolor nutrido de antiguos dolores, además de una particular vergüenza que en ese momento empezó a brotar en mí como una flor blanca que se abre dentro de un cadáver, no fui capaz de ceder. Lloré delante de ellos hasta cuando sentí la vergüenza de haber interrumpido su encuentro. Me disculpé y regresé a mi cuarto.
Durante varias noches los volví a ver. Notaba que ella lo buscaba para asesorarse en temas relacionados con su carrera. Él era un apasionado por la vida; su conocimiento me parecía enciclopédico: hablaba de telas, confecciones y presupuestos con tanta propiedad que, oírlo, me inspiró a hacer lo propio.
Me dediqué a rayar; probé con nuevos colores, con nuevas texturas, con nuevos materiales que me sirvieran de lienzo. Las ideas estaban en mi mente pero me expresaba con debilidad y no salían; el trazo era torpe; los colores, pálidos. Me sentí desesperado y mi escape fue el Libro de Job; supe que le gustaba a Emil Cioran y por eso lo leí, pero en realidad leerlo fue algo que me impuse: desde un comienzo me pareció difícil, recio y vertical y de hecho, en un primer momento de mi lectura, consideré toda la situación como una correspondencia de Yahvé al juego malicioso propuesto por Satán. Pero pronto entendí que no se trataba de una tentación sino de una oportunidad, y está claro que es tradición moral llamar tentación a las mejores oportunidades. Tal vez Satán quería que alguien bueno, inocente y tan ajeno a los excesos, como era Job, reverdeciera mediante, precisamente, un exceso de desgracias repentinas y en apariencia injustificadas, con el objetivo de acercarlo a su Creador, quien en el momento del diálogo se muestra más enérgico e intimidante de lo que yo esperaba. Interpreté por tanto que el licor y las drogas podrían ser, en mi caso, una oportunidad y no una tentación, y que estos excesos personales serían el lenguaje propio de un diálogo trascendental y a la vez humano con una conciencia viva y creadora. Esta serie de pensamientos me aliviaron y además, me llevaron a buscar un nuevo espacio, más austero quizá, menos cómodo, a  lo mejor.
Decidí entonces mudarme a la habitación más pequeña de la pensión, una de techos bajos y sin ventanas, porque creía que allí, libre de distracciones, alcanzaría ese momento de mística iluminación en el que, gracias a una idea, me convertiría en el pintor más aclamado de toda mi generación; allí sería donde recibiría las felicitaciones de Banksy y donde atendería, con permitida insolencia, todas las entrevistas y todos los cuerpos jóvenes, deliciosos y pulidos de las selfie adictas más excitantes del Instagram. Pero la realidad posterior fue muy diferente: en ese cuarto, donde la madera de mi ukulele crujía por el calor que hacía, el polvo me hizo toser y estornudar durante los pocos días que lo habité, porque pasó que no duré mucho allí: una tarde, cuando llegué de clase, lo hallé vacío.
“¡Me robaron!”, grité. Nadie me atendió. “¡Jueputa! ¡Me robaron!”
Todavía no comprendo por qué agarré a patadas el marco metálico de la puerta de la entrada principal. Lo pateé un rato largo y volví a bajar a ese sótano que había tomado por habitación para encontrarme en ese pequeño espacio con ese gran vacío. No podría precisar cuánto tiempo pasó hasta cuando escuché, en el segundo piso, el sonido opaco de un ukulele. Alguien lo afinaba. Supe que era el mío. Allí, en un cuarto más amplio, estaba reunido todo mi desorden alrededor de Horacio. “No iba a permitir que tocaras fondo. Te pagaré los dos primeros meses”.  
Sentí más rabia que calma. Él me miraba desde el sofá donde estaba sentado, rasgueando, apacible, mi instrumento. Reconocí los acordes de Somewhere over the rainbow. Yo no hablaba, no sé por qué.
“Espero que seas agradecido; debes ser más introvertido, al menos mientras aprendes a ser extrovertido”, aseguró.
“¿Introvertido?”
“Sí”, respondió. Fue un sí inmediato y seco.
“No, pues no” – repliqué-  “Vos no…  no tenés ningún derecho a… a… a…”.
“A-a-a, ¡nada!”, interrumpió y ridiculizó mi tartamudeo. “Sólo me gusta ser solidario. Por cierto, el escritorio que te compré es para que escribas”, dijo a manera de despedida, entregándome el ukelele y cerrando la puerta tras de sí. Yo me quedé parado ahí, en el primer segundo de mi desconcierto.
Hablé de este incidente con Eliana. Me aseguró no saber nada al respecto. “Esa no era la ayuda que yo esperaba; eso no es ser solidario. ¡El libre albedrío se respeta!” – dije bastante destemplado. “¿Quién le dijo que tenía que ayudarme? Y dice que es su manera de ser solidario conmigo. ¿Qué lo hace sentir capaz? ¿Qué tipo de arrogancia es esa? ¿ah? – respiré sin fuerza - ¡Yo no tengo por qué depender de nadie!”.
En un instante de esta conversación, ella se reveló preocupada por haberse inscrito en un concurso que convocaba a diseñadores de todos los países, y cuya fecha límite de entrega ya era más que cercana. El mismo les prometía a los ganadores la financiación de una de sus colecciones, y mi amiga, aunque había desarrollado gran parte de la suya, aún no se sentía plena. Me dijo que Horacio se estaba encargando de la conceptualización y ella de diseñar e ilustrar. Yo los oía discutir en la mesa del comedor. Allí trabajaban  y fue durante tales jornadas que noté la tensión existente entre ellos. Eliana, aun siendo ordenada en lo cotidiano, al momento de crear era parecida a mí: ideas regadas, detalles imprecisos, acabados caprichosos.

Una noche me despertaron los alaridos de rabia de Eli. La vi agarrada a la pantalla de su portátil, estremecida, trémula de ira, gritándole advertencias a Horacio. Él había decidido hacer por su cuenta todo el trabajo y enviarlo a los jurados del concurso a nombre de mi amiga; ella, sin desconectar la video-llamada, con el sabor de la furia fresquito en su boca, me llevó a su cama y escenificó allí la ingenua venganza, como si le bastara acostarse conmigo para disipar su rencor.
La siguiente semana Horacio la visitó. Ella no le abrió la puerta. Yo, quizá por complicidad de género, lo atendí. Ojeó mis libros. Me pidió algunos prestados.
“¿Cómo vas con la escritura?”, me preguntó.
“Solamente pinto y leo”, respondí.
“No creo” - dijo - “no existen obras tuyas, tampoco te he visto pintando. Los óleos que tienes están secos. Las cerdas del pincel se han endurecido. Sientes la vida a través de palabras, no de imágenes, y las pocas imágenes que ocasionalmente inundan tu emocionalidad, las conviertes inmediatamente en palabras. Es inevitable…” – hizo una pausa y con una voz más grave, como si en verdad procurara ser más dulce, continuó – “… y sé que tu papá es pintor y tu mamá escultora, pero por el lado de tus abuelos, en ese punto en particular de tu genealogía, se reúne todo lo necesario para que seas un gran escritor. No sé si literato o poeta, pero al menos sí un gran redactor”. Sin decir nada, queriéndole hacer creer que ignoraba sus palabras, me fui. Cuando regresé, ebrio otra vez, me encontré con Eliana. Horacio ya se había ido. Ella y yo nos volvimos a probar.
Durante la madrugada nos reímos hablando mal de él. Dedujimos que sólo quería ser el protagonista de la vida de otros y no de la suya; que magnificaba los problemas de los demás para sentir que había hecho una gran obra, y que sólo construía tras haber destruido. Juntos, desnudos, disfrutando de la oscuridad en la que nos probamos, no nos sentimos tan crueles ni tan egoístas como nos parecía él, y jugamos al psicólogo diagnosticándole una vanidosa megalomanía arrogante. Dormimos abrazados hasta cuando sentimos el timbre.
Pensé que podría ser Horacio por lo cual me vestí con afán cobarde. Ella siguió en la cama; ambos sabíamos que era yo quien debía irse. Incluso, ambos sabíamos que era yo quien debía abrir. Así fue como me di cuenta que no era él quien timbraba. Era un cartero. Preguntaba por Eliana.

Venía remitido desde Londres.
Sí.
Desde Londres.
Un sobre negro con otro sobre blanco adentro y en el fondo una carta y una buena noticia.
“With great pleasure, we inform you that you have been accepted...”
Se había ganado el concurso. Su colección The white also fades away (en castellano titulado El blanco también se destiñe) la hizo merecedora del premio principal; además, destacaban el excelente fundamento conceptual de la obra, compilado en un ensayo titulado Los Wayúu, los Punks y el desastre nuclear: una fantasía de supervivencia apocalíptica (The Wayúu, the Punks and the nuclear disaster: one fantasy of apocalyptic survival).

Nos quedamos en silencio. ¡Todo debía ser tan inmediato, tan pronto!... ¡tan soon!
Y ella, mujer joven que solía decir que era capaz de leer y escribir en inglés, pero no de hablarlo o escucharlo, ahora debía irse a Londres a trabajar en un almacén situado en la calle Savile Row.
El peso de su tristeza y de su angustia se sentía. Yo la miraba sin querer opinar. Algo de la presencia de Horacio contenía ese sobre que se quedó abierto y boca arriba. Dar esperanzas fue la traición. “Él nos humilla ayudándonos y eso no es ser solidario”, expresó disminuida antes de encerrarse en su cuarto.
Esa tarde, ellos salieron. No tardaron nada. Cuando regresaron él me devolvió los libros que me había pedido prestados y los elogió.
“¿Cómo vas con la escritura?”, callé; sé que le temía a la confianza que él me generaba.
 “Sé que te sentiste ofendido pero, ¿sabes? – me dijo - el libre albedrío es relativo. Si uno está en capacidades de liberar el talento de las personas de las redes que construyeron sus propios miedos y su orgullo, debe hacerlo. Te gustaría pintar pero no puedes porque sigues creyendo que eres un pintor porque así fue como tus padres se rebelaron de tus abuelos, pero tú no puedes participar de esa revolución. Debes hacer las paces contigo mismo, aceptarte y afrontarte a capela. Sus palabras me dejaron frío; no fue quedarme callado pues no tenía nada qué callar. Este silencio fue quedarme pasmado: sentirme desnudo, o mejor, desnudado.
“Actúa con naturalidad – continuó- y evita la dualidad entre lo bueno o lo malo, lo verdadero o lo falso. No moralices; convive con tu ego no queriéndolo acabar sino dejándolo fluir libre a través de tus obras”.
- Sí, señor – acepté como si fuera una orden, ni sé por qué.
- “Tú eres tu propio talento, así que del modo que lo destines, así te estarás destinando a ti mismo. Tu sensibilidad al lenguaje te permite memorizar con facilidad todo lo que te he expresado. De hecho, déjame pedirte que escribas         - posó con suavidad su mano sobre mi pecho - que me escribas un pequeño cuento acerca de nuestra relación, de nuestra amistad… lo único que quiero es ser solidario contigo”.

Dejamos que pasaran algunos minutos sin palabras y luego se despidió con un ligero adiós. Asumí que Eliana le había comentado acerca de los términos con los que le manifesté mi enojo, pero, igual, no me importó demasiado pues me sentí conmovido al oír la expresión “nuestra amistad”: nunca se me ocurrió que él podría considerarme amigo suyo. 

martes, 11 de abril de 2017

Zumo de la parálisis



Desde febrero del 2014 escribo:

Frente al computador intento ser mejor. Intento entender algo, lo que sea.
Intento comunicarme, estar donde ya estuve, busco placer. 
La tarde se derrite en mi sala y desde acá escucho la vida de los que sí saben vivirla. 
*
A veces creo que me odio: que todo depende de eso, de importarme mucho las opiniones del pasado, de rivalizar conmigo mismo.